jueves, 12 de mayo de 2022
Harapos
Ya lo había visto un par de veces cruzar por una de sus paradas, se destacaba del resto por su particular vestuario, algunas veces había notado que había incorporado a su ropa envolturas de caramelos, partes de botellas de plástico y hasta neumáticos usados. Eso le llamaba la atención, incluso hasta le caía bien. Pero uno de esos días se le acercó, nadie hacia eso, la mayoría de la gente esquivaba la mirada y pretendía que no estaba allí. Este hombre no sólo lo miro por un rato largo sino que se acercó a hablarle. No se acuerda exactamente qué le dijo, pero si que después de una extraña perorata le ofreció un buen dinero por comprarle la ropa que llevaba puesta en ese momento. El miró los harapos que llevaba y no entendía mucho, pero mirando el dinero aceptó la oferta.
Después de volver a vestirse con algo de ropa que le quedaba en el fondo de su changuito cachivachero decidió utilizar el dinero para pagarse una noche en una pensión cercana que lo había aceptado en otras oportunidades. Una ducha caliente y una suculenta cena no le harían mal a nadie. Ya acostado en un colchón hundido, pero que era un colchón de plumas comparado con los cartones y colchas en los que dormía a diario, se puso a pensar en el pobre diseñador que había comprado su ropa. Había visto locos en la calle, predicadores, algunos que se creían dioses egipcios reencarnados, hasta uno aseguraba que había venido de Plutón, pero nunca nadie como él. De lo único que estaba seguro era de que nunca más lo volvería a ver.
Y pocas veces alguien pudo estar más equivocado, porque a los pocos días, en un diario que estaba rompiendo para ponérselo dentro de los zapatos y darse calor, vio su foto junto a un artículo que contaba acerca de una nueva tendencia en el mundo de la moda. No leyó mucho más que eso, sólo le sorprendió volverlo a ver. Sólo en algunos días más volvió a sorprenderse cuando empezó a ver gente por la calle vestida con ropa muy similar a la que le había dado al diseñador, casi copiado, pero lo que más lo sorprendió es que no era gente que vivía en la calle como él, era gente que tenía casa propia y otra ropa, y en algunos casos hasta varias casas.
Para él esta tendencia no tenía sentido, y no terminaba allí, la gente no se conformaba solo con vestirse como él, al poco tiempo empezó a querer dormir donde él dormía, como si fuese una especie de vacación exótica. Él veía anuncios de viajes en las calles, con playas exóticas y viajes de ensueño, le costaba creer que un callejón mugriento pudiera competir con eso. Poco a poco esta moda fue creciendo y muchas noches él mismo no encontraba sitio para dormir en la calle, la gente iba en parejas, en grupos más grandes, e incluso otros vagabundos se ofrecían como guías para hacerle vivir a la gente una “experiencia callejera”. No podía creer el espíritu emprendedor de sus compañeros. El loco que se creía Ramsés conectaba San Telmo con el Nilo en dos frases, y el de Plutón organizaba avistamientos nocturnos sobre el puente ferroviario de Díaz Vélez.
Era una locura pero con el tiempo la gente hasta llegaba a pagar grandes sumas para pasar la noche en la calle sufriendo las inclemencias del tiempo, teniendo un techo y una cama en perfectas condiciones en sus casas.
La gente constantemente buscaba nuevas maneras para llegar a tener una experiencia completa, varios le ofrecieron comprarle el carrito y todas sus pertenencias, que consistía básicamente de cosas brillantes, cámaras y celulares rotos, y algunas cosas extrañas que le llamaron la atención. Muy pocas servían para algo o tenían algún valor, pero eran sus cosas. La gente a la que rechazaba no podía entender eso.
Los días pasaron y los únicos lugares que encontraba disponible eran lugares lejos del reparo del viento o que no tenían un techo, por lo que muy a su pesar tuvo que aceptar la oferta y vendió sus pertenencias para volver a la pensión. Se sentía raro, ya la calle no era su lugar, estaba llena de gente como él que no sabía bien como eran las cosas. En la basura sólo encontraba cosas nuevas o con muy poco uso, como ropa, trajes, hasta grandes muebles y colchones que todavía tenían olor a nuevo.
Él siempre supo adaptarse a las situaciones que la vida le presentaba, por lo que decidió hacer lo mismo con esta situación, consiguió un buen traje de la basura junto con una corbata y unos zapatos que prácticamente estaban nuevos y decidió ir a pedir trabajo. No fue fácil, hurgar conteiners de basura por más de veinte años no ayudan a la hora de completar un buen curriculum pero con el tiempo y las sucesivas entrevistas se contactó con una pequeña empresa que necesitaba un cadete y estaba dispuesta a arriesgarse con él, especialmente después que la mayoría de la gente llegara vistiendo harapos y con su olor nauseabundo apestaran el lugar. Quizás ellos estaban contentos simplemente con el hecho de que sea el único de los candidatos que se haya bañado esa semana, pero consiguió ese trabajo y se esforzó duro por adaptarse. No era bueno hablando con la gente, pero si conocía muy bien las calles y llegaba rápidamente a cada entrega. Poco a poco se fue ganando la confianza de sus compañeros y superiores que llegaron a efectivizarlo. Consiguió alquilar un departamento a pocas cuadras de su trabajo, ayudó que los precios de los alquileres en el centro bajaran considerablemente después de que muchos inquilinos transformaran sus elegantes departamentos en depósitos de chatarra.
La mayoría de las mañanas se levantaba agitado, generalmente por sueños que había tenido la noche anterior donde le robaban sus cosas y le invadían el espacio donde estaba durmiendo en la calle. Pero cuando abría los ojos volvía a encontrarse en la cama de su departamento. Le costó varios meses poder dormir tranquilo una noche entera. Es que era difícil creerlo, sólo unos meses atrás dormía en la calle y ahora tenía ropa limpia, un departamento y hasta un trabajo. Salía a la calle y veía aun durmiendo ahí a algunos de los que seguían la moda, cada vez con menos adeptos. Algunos por el invierno, otros porque se aburrieron y muchos porque no tenían opción, el desagradable aspecto que adquirieron y el desorden en su vida en general hizo estragos, perdieron el trabajo y hasta sus parejas.
Hasta el diseñador que puso en marcha toda esta “contra cultura” si podría llamarse así, irónicamente terminó vestido con el mismo estilo que lo hizo tan famoso. El éxito lo alejo de otros diseñadores que no estaban de acuerdo con su enfoque o simplemente estaban celosos de todo lo que había logrado. Y la industria en general le cerró las puertas furiosa por todo el daño económico que había hecho usar materiales reciclados y diseños que cualquiera podía reproducir, en lugar de lo que comúnmente hacían que costaba muchísimo más y pagaba los sueldos de todos.
Jorge no lo pensó en su momento, quizás no lo piense nunca, pero él fue uno de los pocos que sacó rédito de todo esto, y eso posiblemente pudo ser así porque supo adaptarse a lo que la vida le puso adelante, en vez de subirse ciegamente a las modas impuestas por los demás.
martes, 4 de febrero de 2020
Aviones
Tanto ruido hacían esas poderosas turbinas que tardó unos minutos en darse cuenta que Gabriel, también de 7 años, se paró junto a él en la reja.
-Hola – dice Gabriel
-Hola – responde Manuel algo tímido.
-¿Sos de por acá? – le pregunta Gabriel para tapar el silencio entre ellos y un poco por curiosidad.
Manuel responde pero el sonido de la turbina de un avión que despega lo tapa. Ambos quedan maravillados por el inmenso avión que pasa sobre sus cabezas.
-¿Cómo te pensás que vuelan? - pregunta Manuel totalmente absorto.
-Como los pájaros.
-Los pájaros mueven las alas, estos las tienen quietas. – dice Manuel como si fuera lo más evidente del mundo.
Se vuelve a oir el sonido a turbina, otro avión despega. Ambos quedan en silencio.
Para mí que tienen como un propulsor abajo que se activa justo antes que suben. – razona Gabriel que se sorprende con lo que él mismo dice.
-Ah, pero no se ve eso. – algo desconfiado contesta Manuel.
Es que debe ser un segundo, muy rápido para que lo veamos. – contrarresta Gabriel.
-Ahhhhh, puede ser. – Cede Manuel.
-Es así. Cómo va a ser sino. – Se envalentona Gabriel.
Puede ser un viento que tiene en contra, viste como se levantan las hojas cuando caen de los árboles. Debe haber un viento fuerte que hay acá, por eso pusieron acá la pista. – contesta Manuel que no se achica.
-Ah. – Dice Gabriel que no se le ocurre otra cosa que decir.
-¿Vos viajaste alguna vez en avión? – Pregunta Manuel curioso.
-Sí, varias veces. ¿Vos? – Contesta Gabriel que está atento al próximo despegue.
Otro avión despega, el ruido de las turbinas tapa la respuesta de Manuel. Gabriel mira hacia atrás y luego vuelve a mirar a Manuel con cara de hastío.
- Me llama mi mamá, me tengo que ir. Chau.
Gabriel se baja de la reja y sale corriendo. Casi en el último momento se acuerda de su nuevo amigo y se despide a lo lejos.
Otro avión despega, la turbina tapa el silencio de la mirada melancólica de Manuel. Después de verlo pasar, se baja de la reja y empuja un viejo carrito de supermercado lleno de cartones que estaba estacionado a un costado de la calle.
martes, 12 de septiembre de 2017
El Plan

Desde que apareció la tecnología moderna el hombre parece haberla incorporado. Primero fue la radio y la televisión, luego la tv por cable, más tarde los celulares e internet. Todo parecía más atractivo cada vez y más demandante. ¿Cómo íbamos a suponer que era una estrategia, un plan para dominarnos? Cuando “ellos” llegaron estábamos tan atentos a las redes sociales y a los dispositivos móviles que casi no nos enteramos.
Estábamos de lleno metidos en chismes y cuestiones demasiado cotidianas para darnos cuenta que nos estaban exterminando de a poco, tan de a poco que cuando nos dimos cuenta ya no había nada que pudiéramos hacer.
Las enfermedades se propagaban tan rápido como mataban a sus portadores. Casi todas afectaban al cerebro a través de la vista y algunas de ellas a través del sistema auditivo. No teníamos oportunidad.
El tiempo fue su aliado, no estaban apurados, fueron introduciendo la tecnología de forma muy paulatina pero efectiva. Conforme pasaron los años nos fuimos haciendo más y más inútiles. En el pasado podíamos sobrevivir a la intemperie sin problemas, cazar, armar un refugio de la nada. Con el pasar de los años, la gran mayoría de nosotros dependíamos casi completamente de la tecnología. Cerca del final la mayoría de nosotros no podíamos ni prender una fogata sin un fosforo.
Ese era el plan, para matar a los pocos sobrevivientes no tuvieron que esforzarse, solo sacarles la tecnología, y fumigarlos de las ciudades para obligarlos a vivir a la intemperie. Los meses pasaron y el grupo de sobrevivientes se redujo aún más. Allí fue cuando, a través de pantallas gigantescas que flotaban por sobre los bosques que rodeaban de las grandes ciudades, se les hizo la oferta a los que quedaron con vida. La propuesta era simple, o seguir sobreviviendo así o volver a recobrar la tecnología y acceder a avances impensados por cualquier hombre.
No pasaron semanas y los sobrevivientes que preferían vivir libres y sin tecnología, fueron asesinados uno a uno por la gran mayoría que prefirieron vivir en una pequeña celda, hipnotizados por una pantalla, por el resto de sus intrascendentes vidas.
Ya cerca del fin, sólo quedaba un ser humano libre. Todos los otros seres humanos a su alrededor que no estaban muertos, habían sido absorbidos por una pantalla. Sin poder pensar en otra opción, se acercó a una de esas gigantescas pantallas que aun flotaban por allí, levantó la cabeza y se quedó mirándola. Pronto todos sus problemas desaparecieron para siempre.
miércoles, 9 de septiembre de 2015
El Viaje - de Roberto Condano
EL VIAJE
El cielo estaba limpio y estrellado, la ciudad ya dormía, el hombre se acomodó en el asiento de ese auto, dispuesto a iniciar el viaje.
Mientras acariciaba el volante con la izquierda, su mano derecha se disponía a tocar el arranque. La calle iluminada y vacía, le invitaba a divagar con su mente, era tan lindo ese paisaje que se veía desde la ruta, mucho campo, en poco tiempo despuntaría el sol. Se acomodó en su asiento y sonrió, pensando en la proximidad de ese espectáculo hermoso, miro hacia el costado, su mujer dormía al igual que sus hijos, en el asiento trasero. Pensó también en los días de tranquilidad de sus vacaciones, el encuentro con familiares, con viejos amigos, y en esos momentos nostalgiosos que inevitablemente viviría, al recorrer las calles de pueblo, pisando las mismas veredas que habían pisado sus padres y sus abuelos. Ya el sol despuntaba por el este, por el pueblo donde pasaba en ese momento, se veía el carro del lechero y algún que otro parroquiano, abriendo las puertas de su negocio.
Al dejar el poblado, ya se veía claramente el paisaje de serranía al cual se estaba acercando. Su familia continuaba dormida, decidió entonces poner la radio justo en el momento del encendido, sonó pip el horario, miró su reloj. Eran las siete de la mañana de aquel quince de enero, se acomodó raudamente, abrió la puerta del auto, salió, y corrió a cambiarse ya terminando su turno de sereno en la agencia de autos. Además, a las dos de la tarde, partía con su familia de vacaciones hacia Córdoba,…en ómnibus.
ROBERTO ANGEL CONDANO
29/5/86
martes, 19 de junio de 2012
Genérico
A veces me pregunto por qué uno añora tanto a la infancia. Seguramente hay muchas respuestas para esto, pero la que más me convence a mí es por su simpleza. Todo tenía un nombre concreto y claro, casi obvio, como un genérico. Por ejemplo el periodo de nueve meses donde íbamos a clases no tenía otro nombre que “Las clases”, una denominación tan monótona y aburrida que no podía calzarle mejor. En cambio, el resto del año tenía un nombre alegre y colorido, bien a tono con el sol y la música que vestía esos meses de diversión, que mejor nombre para resumir todo eso que “El verano”.
“El verano” era el mejor albergue para la felicidad de la infancia, porque era todo lo contrario a lo complicado de “Las clases” con sus nombres y sus fechas exactas. En esta época todo era genérico y único. Bastaba con decir que ibas “a jugar a la pelota”, para que tu vieja supiera dónde estabas y si preguntaba con quien ibas la respuesta era “con los pibes” y eso bastaba para que ella se quedara tan tranquila como si tuviera en su poder las fotocopias del DNI de cada uno de ellos. Y claro que en ese afán de simplificar y unificar todo necesitábamos un lugar que pueda conjugar la diversión de los juegos, con la libertad de estar lejos del control de nuestros padres y la emoción de la aventura. Y ese lugar era “El club”.
“El club” era casi como de otro tiempo, estaba a tres cuadras de mi casa y al parecer había pertenecido a los ferroviarios o seguía perteneciéndoles, a nadie le importaba. Lo único que interesaba es que era el aguantadero perfecto para sacarle jugo a esos meses de diversión.
Ni bien entrabas veías una enorme y antigua casa a la que nadie podía entrar, cuyo objetivo parecía ser amedrentar a cualquier nuevo visitante que haya pensado ingresar. Porque claramente, “El club” era para los que lo conocían y lo disfrutaban, no parecía interesarle los nuevos miembros ya desde su estructura, ya que su pileta, su canchita de futbol 5, el bar y la cancha de once parecían ocultarse tras ese viejo caserón como si fueran pollitos mojados protegiéndose atrás de un hermanito mayor con cara de pocos amigos.
Esta especie de secta barrial, a la que uno pertenecía simplemente por conocer el lugar y tener un arrugado carnet escrito a mano, no hacía más que agregarle misticismo a algo que casi lo destilaba. Su antiguo aljibe, su enorme arboleda y la lejanía con la calle y el sonido de los autos eran detalles que no pasaban inadvertidos y te hacían pensar que al cruzar esa puerta de entrada escondida habías vuelto el tiempo atrás a una época más simple y desestresada en donde de alguna inexplicable manera ese lugar había quedado varado. Imposible encontrar un mejor marco para pasar “El verano”.
Los días pasaban indistinguiblemente y con una rutina casi calcada. Lo primero era encontrarse con los amigos y armar el rústico campamento donde revoleábamos los bolsos y las remeras para refrescarnos en la pileta. Luego de alguna que otra mancha y varias carreras venia la merienda con su obligado partidito de metegol, que era la previa para el partido de futbol que venía después. Ya cuando el sol parecía un poco más complaciente. Después un nuevo chapuzón seguido de una ducha y ya a las ocho de la noche había que irse a casa, pasar un rato con los viejos, comer y a dormir para volver al día siguiente.
Poco nos molestaba la rutina pero la vida está llena de rutinas que por una u otra razón se terminan cortando. Y así fue, todo cambió cuando una de esas perfectas tardes de verano ví en la pileta a “Esa chica”, no sabía su nombre y eso me mataba. Era perfecta, aunque con los años mi idea de perfección femenina se fue alterando. No guardo en mi mente una imagen completa de ella, si pequeños pedacitos: su sonrisa, su mirada, las pequitas en sus cachetes, el pelo tapándole una parte de la frente, algo que ella odiaba porque constantemente se lo acomodaba.
No puedo explicar por qué me gustaba exactamente, como creo que nadie puede cuando está realmente enamorado, pero me gusta tanto que se me hacía imposible poder hablarle sin derretirme en el proceso. Ella me hizo descubrir el amor sin saber que yo existía. Ese amor que se basa en la obsesión por estar con alguien, en esos pensamientos que asechan tu cabeza y que te persiguen hasta que te duele el estómago. Ese amor puro, que sólo puede ser el primero, sin manchas de rencores o de malos recuerdos. Ese amor que me estaba comiendo por dentro.
No me podía dormir, comer, pensar, no me podía concentrar en nada que no fuera ella. Claro que la concentración que necesitaba en ese entonces no iba a alterar más que a mis pobres compañeros de equipo de las tardes que sufrían mis despistes en cada partido.
No podía seguir así, este suplicio eterno tenía que terminar, tenía que saber su nombre. No se me ocurrió mejor forma de averiguarlo que hablar con alguna de sus amigas, claro que a los doce años el sexo opuesto parece ser tu enemigo mortal, después de esa edad… se vuelve un enemigo aun más complejo. Pero mi objetivo era claro, probé preguntándole a una chica que cada tarde se sentaba a vernos jugar a la pelota. No había tiempo que perder, sin decir hola siquiera le pregunté el nombre de aquella chica de cara pecosa y pelo lacio largo, ella lo pensó un momento y accedió a decírmelo si la dejaba jugar en mi equipo. Yo estaba tan desesperado por saber que accedí, no hizo falta mucho para convencer a mis amigos de cambiarme por ella, la verdad es que mi rendimiento futbolístico había decaído mucho y no podían imaginar a nadie, ni hombre ni mujer, que pudiera jugar peor que yo, así que sin mayor preámbulo se realizó el cambio.
No presté ni la más mínima atención al partido, aunque noté que los gritos de mis amigos disminuyeron bastante así que la chica no podía estar jugando tan mal, pero lo único que ocupaba mi cabeza era la idea que después de que el partido termine iba a saber el nombre de mi amada. Quizás hoy en día uno siente que eso no significaba nada, pero a esa edad era difícil de imaginar mayor misterio por descubrir.
El partido terminó, sabe Dios con que resultado, y la chica se me acerco y me dijo ¬—Camila —, segundos después todos fueron hacia la pileta con el resto de los chicos, creo que incluso me llamaron para que los acompañara, pero no podía hacer otra cosa que pensar en ella y en su hermoso nombre. Tanto es así que sin darme cuenta se hizo de noche y debía volver a mi casa.
Al llegar a la puerta del club veo una sombra tras mis pasos que recién logré distinguir cuando uno de los viejos faroles que iluminaba el camino empedrado hacia la reja dejó de parpadear. Era “ella”, por algún capricho del destino se había quedado hasta tarde también. Los nervios no me dejaron hacer nada más que caminar hacia la calle y volver a mi casa, al pasar un par de casas me di vuelta y ví que ella caminaba en la dirección opuesta. En ese segundo el valor que no creía tener se apoderó de mí y le grité —¡Chau Camila! —. A lo que ella no respondió, siguió caminando como si nada hubiera pasado. No podía creerlo, no merecía ni un simple gesto, ni una mirada, quedé devastado.
Con gran esfuerzo volví al club al día siguiente, no iba a dejar que eso arruine mi verano, pero esa tarde descubrí que ya lo había hecho. A todos lados donde iba estaba ella, no podía ir a la pileta, ni al bar, la canchita de futbol era mi único refugio, aunque ni siquiera podía jugar, porque parecía que mis amigos estaban tan contentos con la nueva incorporación femenina que yo quedé relegado al banco. Después del partido la nueva jugadora parecía haber notado mi depresión y se acercó a preguntarme que me pasaba, le conté lo sucedido y ella, notablemente apurada por tirarse a la pileta, me dijo que no me preocupara, que no todo es lo que parece. Yo lo tomé como un consuelo de compromiso, hubiera dado cualquier cosa por estar en su lugar disfrutando del agua y de los amigos, pero no quería volver a ver a Camila, sentía que esa cautivante sonrisa y esa tierna mirada iban a destrozarme el corazón si volvía a verlas. Quizás la mejor opción era atesorarlas en el recuerdo donde no podían volver a lastimarme.
No tenía mucho sentido quedarme ya que me había auto-vedado la mayoría de las instalaciones del club, así que decidí volver a mi casa previa parada técnica en el barcito para comprar un helado de crema cubierto de chocolate que siempre me animaba, la hora de la merienda había pasado así que no había peligro de cruzarme con ella, claro que eso traía sus consecuencias, una de ellas que los helados se hayan acabado. No me sorprendió para nada, cuando estas de mala suerte todo conspira en tu contra, ni siquiera me hubiera extrañado que un satélite ruso en desuso me cayera en la cabeza al salir del local.
Sumido en mi depresión y sin prestarle atención a nada llegué a la puerta con el triste consuelo de que no había nada peor que podía sucederme ese día, sólo para enterarme de que si la había y era la que me estaba esperando en la puerta. Justo allí en la salida estaba “ella” sentada comiendo un helado, esperando para humillarme sin siquiera saberlo. Pero no era momento para la cobardía porque escaparle a una chica lastimaba mucho mi orgullo masculino. Así que hice lo que tenía que hacer, me armé de valor y caminé algo apresurado hacia adelante para atravesar la puerta y dejar todo eso atrás. Me sentía raro al caminar, poco registraba lo que sucedía a mi alrededor hasta que ya pasando la puerta su voz me despertó, —¿Querés? —me preguntó. En una reacción refleja me di vuelta y ví que me estaba ofreciendo su helado, en un atisbo de lucidez asentí con la cabeza y muy tímidamente me acerque y le di un buen mordiscón. —Gracias Camila —me atreví a decir y un —No me llamo Camila —hizo que en mi cara se dibujara una sonrisa rellena de crema.
Ese día fue cuando más tarde me fui del club, hablamos de todo por no recuerdo cuanto. Hasta me dijo su verdadero nombre, el que luego de unos años lamenté no recordar. Aunque con el tiempo me di cuenta que no importaba, porque la razón por la que uno recuerda siempre el primer amor es esa simpleza y ese carácter genérico que lo reviste.
El “primer amor” no tiene ese nombre hasta el recuerdo, en un primer momento es sólo “el amor”. Tan frágil y puro que es únicamente capaz de sobrevivir en los recuerdos, donde se mezcla con el momento, la juventud, la nostalgia y por sobre todo en este caso, el lugar donde se encontró. Esa conjunción se transforma en algo tan mágico como irrepetible, un genérico, una síntesis perfecta de esa felicidad utópica que recordamos alguna vez haber tenido y pasamos la vida tratando de volver a encontrar.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Miradas
Diez minutos tarde, la resolana en los ojos y un olor que salía del desagüe que despertaba al más dormido. El día comenzó como todos para Mariano, que como siempre ignoraba todo lo que pasaba a su alrededor encerrándose en su pequeño mundo interno. De todas maneras no había mucho con lo cual conectarse, nada excepto eso que lo había desvelado la noche anterior, y también la anterior a esa y así hasta donde cuesta recordar. Sabe que en ese tedioso viaje la va a ver a ella, eso parecía justificar todo lo demás, es más, lo hacia olvidarse de que lo demás existiera.
Pasaban las paradas y el corazón le palpitaba cada vez más fuerte, respiraba cada vez más profundo. Iban pasando las referencias que él conocía de memoria, la casa con techo alpino, las rejas violetas, el negocio de artículos para piletas. Todo pasaba y él se ponía cada vez más nervioso porque sabía exactamente donde estaba ella y sabía que ya casi estaba por llegar. La boca se le resecaba, el corazón que no paraba, tenía una sensación como de flotar en el aire. Todo eso desapareció de su cabeza en el instante que la vio. Esos ojos negros como la noche, esa sonrisa luminosa, el pelo ondulado, no podía dejar de mirarla, siempre ahí, como si supiera la función que cumple en su día, como si quisiera ponerle color a su vida. Pero tan rápido como vino, el momento pasó. Todo de a poquito volvió a la normalidad, su corazón latido a latido se fue calmando y le fue volviendo la sensación al cuerpo. Un sentimiento que mezclaba la satisfacción y el vacío lo aquejaban, satisfacción de haberla visto y vacío porque faltaban varias horas para volverla a ver.
Informes, papeles, pantallas. El día era como una especie de sueño que no terminaba nunca. Mariano trabajaba de administrativo en una empresa de transporte de mercaderías, llenar containers con alguna cosa y traer alguna otra era básicamente el trabajo del que se había desenamorado hace rato. Ahora era casi mecánico, llegaba, perdía 8 horas de su vida y salía. Por ese intercambio se le ofrecía un sueldo mensual, algo que le sonaría triste a cualquiera si no fuera tan común. Mails, planillas y almuerzo. Lo bueno de tener una rutina tan monótona y estructurada es que después de un tiempo uno se acostumbra y termina pasando casi sin que darse cuenta. Después de hablar con una chica de contaduría de la que hacia meses se había olvidado el nombre, Mariano notó que ya faltaba sólo una hora para volver a su casa. Obviamente la hora más larga de todo el día laboral. El minutero del viejo reloj de pared que miraba a toda la diminuta oficina parecía estar pegado. El estómago se le estrujaba más a medida que se acercaba la hora, no quería que nadie le de algún trabajo o informe de ultimo momento que lo haga quedarse. No dejo pasar un segundo de la seis, todo parecía estar sincronizado, salio con paso apresurado hacia la parada y el colectivo, lleno a tope, pasaba a la hora de siempre. Feliz, intentó abrirse paso entre la muchedumbre, parecía la única persona que esbozaba una sonrisa en tan incómoda situación. El trayecto fue muy tedioso, el tráfico era intenso, lo que a la mañana se podía transitar en 20 minutos, a esa hora exigía más del doble de tiempo. El colectivo era como un juego mecánico que aceleraba y frenaba, aceleraba y frenaba. El maltrato habitual de viajar en la hora pico empeoraba con la tremenda ansiedad que le provocaba saber que iba a volver a verla, ni el aprisionamiento entre la gente, ni el constante bamboleo del micro, ni siquiera el desesperante sonido constante del timbre le importaban, nada lo distraía de pensar en esa celestial figura. Los segundos se hacían horas, cada cuadra era un suplicio, ese momento tan esperado parecía que iba a tardar una vida en llegar. Pero como él bien sabia, más tarde o más temprano todo llegaba, Aunque la mayoría de las veces era más tarde. La muchedumbre le impedía ver para afuera pero el sabía que estaba cerca y trataba de acomodarse de las formas más raras para poder ver. Inclinando un poco las rodillas, doblando su espalda e inclinando la cabeza por entre dos viejas que lo miraban con cara de desaprobación y desprecio. Pero él logró ver la calle justo en el momento indicado, el esfuerzo y la incomodidad valieron la pena. Le parecía imposible pero ahora la veía más linda, más fresca, más llena de vida. Con esa sonrisa que podía derretir hasta el más frío de los témpanos y refrescar el más caluroso de los días y esos ojos que parecían resumir la inmensidad del universo. Pronto pasó ese segundo de felicidad, parecía apropósito pero el único momento del viaje en donde no se estancó el tráfico fue ese. Pero aun así él estaba satisfecho, el viaje de vuelta fue bastante tedioso para todos los pasajeros pero no para él, la sonrisa duró varias cuadras y las imágenes mucho más que eso.
Un nuevo día comenzaba, el despertador sólo sonó una vez antes que Mariano lo apagara. Rápidamente se levanto y se puso la ropa, desayuno fugaz, ni siquiera tomó todo el café. Ya no se podía engañar ni a si mismo, no podía esperar más para verla. En la parada caminaba hacia la calle y volvía para ver si venía el colectivo, la ansiedad no le permitía quedarse quieto. Finalmente el colectivo llegó, no tardó mucho más de lo que debería pero para él fue una eternidad. De un salto subió y comenzó su viaje. Con gran esfuerzo se abrió paso entre la gente, parecía que el anterior no había pasado porque este estaba totalmente completo. No le importo demasiado e intento acomodarse cerca de la ventana. Los puntos de referencia empezaban a pasar, por entre la gente los podía ver claramente. Los que subían intentaban moverlo de su lugar pero el resistía para poder ver la ventana por esa apertura, más de una cara enojada se gano por hacer eso. Pero nada importaba porque el momento estaba por llegar, sabía que en la próxima esquina iba a estar ella. Sus ojos no pestañaron por esos segundos en que el colectivo paso por la gigantografía de aquella céntrica esquina. Recorrió el cuerpo de la modelo que abría el horno publicitado y el resto del tiempo se dedicó a sus ojos soñadores hasta que el campo visual no le permitió verlos más. La sensación de satisfacción volvía y se mezclaba con las ganas de volver a verla.
Se cumplían cuatro semanas desde que se había enamorado de un afiche publicitario. Al principio pensaba que se estaba volviendo loco, que la soledad le jugo una mala pasada y que no podía ser una actitud sana enamorarse de una foto. Pero con el tiempo los prejuicios se fueron disipando y los sentimientos fueron creciendo. Poco a poco se dio cuenta que el sólo pensar en eso le regalaba una sonrisa. Con el tiempo se convirtió en algo que esperar, en algo que lo motivaba a empezar y terminar un nuevo día. A medida que pasaba el tiempo esa imagen lo entusiasmaba más y más, al punto de que sea lo último en su cabeza cuando se iba a acostar, y lo primero al levantarse. Su vida triste y monótona tampoco ayudaba a crear otro incentivo o por lo menos a que ese pareciera menos importante. Su jornada de trabajo pasó sin darse cuenta. Llamados, mails, fechas de entrega que fueron postergadas para más adelante, nada que no hiciera automáticamente. No tuvo registro del trayecto que hizo hasta la parada, podría haber sido tele-transportado hasta allí que su cabeza no lo habría percibido. El colectivo llegó pero tuvo que esperar unos momentos más para subir por la cantidad de gente que había en la parada. Otro viaje amontonado, otro momento incomodo y otro sentimiento de ansiedad por verla a ella. Esta vez el viaje se hizo largo pero no insoportable, ya sabía que todo lo bueno tarda, y era verdad, el momento eventualmente llego. Como siempre su corazón palpitaba a más no poder, la esquina se acercaba, volvió la posición rara, flexionó las rodillas y puso su cabeza por entre una parejita que parecía haberse peleado recientemente porque a pesar de que el colectivo estaba totalmente completo intentaban mantener toda la distancia posible entre ellos. Su mirada recorrió de arriba abajo el cartel, empezando por esos jeans desgarrados, esos pectorales bien marcados y esa mirada desinteresada como de alguien que disfruta del desentendimiento con el mundo. Algo pasó, esa imagen ya no era la misma, de alguna forma ese ángel plasmado en ese cartel se había transformado en un despreocupado joven que usaba jeans pero no remera. Fue como que todo el peso que pudo evitar en esas semanas le cayó todo junto en ese momento. De pronto el colectivo se volvió más incomodo, la gente le empezó a molestar y el viaje parecía demasiado largo. Ya en su casa pensaba en el trabajo que tenía atrasado y en el poco tiempo que tenía para hacerlo. Después de una comida rápida que le quedo atragantada fue a dormir y por un momento los pensamientos que lo abrumaban cambiaron por pensar en ella y en que no volvería a verla.
Llegó más temprano al trabajo, tenía muchas cosas que hacer, el día también pasó rápido pero esta vez tuvo un gran dolor de cabeza al terminar y nada que esperar. El viaje largo y tedioso que lo llevo a casa pareció eterno, pero la soledad de su casa no fue mejor. En ese momento se dio cuenta que lo único que le llenaba la vida era esa imagen. Ese amor ficticio era lo único que le evitaba sentir la depresión de vivir una vida sin emociones ni sentimientos. Esto podía parecer obvio para todo el que lo veía desde afuera, pero para él no lo era, en estas cosas siempre el último en enterarse es uno.
El nuevo día comenzó de una forma distinta, los problemas seguían allí pero había algo que esperar otra vez, iba a averiguar en Internet quien era la modelo del aviso y más importante todavía, si había alguna foto de ella. Debía conectarse en el trabajo porque no tenía ese servicio en su casa. Después de eludir los habituales saludos de sus compañeros se sentó en su escritorio y empezó la búsqueda. No sabía el nombre de la modelo por lo que intento con la marca de las cocinas que publicitaba: “Coribia”. Al introducirla en el buscador se dio cuenta que no era una empresa muy importante, sólo fabricaba para el país y no tenía una gran distribución. En la segunda página de resultados aparecía la página oficial de la empresa. Había mejores, tenía pocas opciones y era básicamente un aburrido resumen de la historia de la empresa que estaba tan mal escrito que parecía haber sido redactado por su propio dueño. Pero una solapa perdida en el burdo diseño fue lo que lo emociono. “Campañas” decía este triste cuadradito que le iluminó la cara de una manera que no imaginaba. Inmediatamente busco entre las fotos que para colmo estaban ordenadas desde las más antiguas hasta llegar a las más actuales. Rápidamente, casi con desesperación clickeaba el Mouse para que vayan pasando las fotos, había fotos tan mal sacadas y descoloridas que le sorprendía que la empresa haya durado tanto. Cuando llegó a la última, respiró hondo e hizo el click que le permitió ver la foto que lejos de tener lo que buscaba exhibía un fotomontaje con una visión desde arriba de la cocina con dos hornallas y las rejas inferiores dobladas como si fuera una sonrisa. Tan decepcionado estaba con esa imagen que sentía que esa cocina se estaba riendo de él.
La semana siguiente se hizo difícil, la rutina era insoportable. No había nada que esperar, todo lo que existía eran las obligaciones, no había gratificaciones en el futuro. La realidad de su vida era abrumadora y no había nada que le posibilitara escapar. Muchas noches se acostó pensando lo que la imagen de ese aviso significaba en su vida, una simple foto representaba la diferencia entre un día gris y desabrido, y un día luminoso y lleno de emociones.
Pasaron los días casi sin distinción. El trabajo era todo lo que ocupaba su vida, eso y el enorme vacío que tenia adentro que lo acompañaba adonde vaya. Lo único nuevo que percibía era que cada vez se sentía peor. Pero, como tantas veces se dijo “todo cambia” y esta no era la excepción. Un día nublado, como casi todos los de ese mes, el viaje en colectivo tuvo una particularidad, casi de milagro había conseguido un asiento, y sin más que hacer miraba por la ventana las publicidades que iban apareciendo en el trayecto. Le llamaban la atención como a todos, pero a partir de lo que le había pasado con la imagen de esa chica les prestaba un poco más de atención. La mayoría le parecían burdas y bastante agresivas, obviamente que la excepción era ella, con esos ojos luminosos y esa sonrisa que le hacia revolver el estomago cada vez que la recreaba en su cabeza. Su mirada no tenía nada de todo eso, era agradable, dulce y parecía invitar a acompañarla en vez de establecer una distancia. Esa sonrisa que parecía repetirse en el aviso de esa publicidad. De pronto se dio cuenta de lo que estaba viendo. ¿Era ella en otro aviso, era la misma mujer que lo había desvelado todo este tiempo, la que llenaba sus pensamientos? El colectivo pasó antes de poder darse cuenta, pero no podía esperar hasta el día siguiente para averiguarlo, así que se abrió paso y con mucha dificultad llegó hasta la puerta. Al bajar, caminando apresuradamente esquivando a toda la gente que parecía ir toda para el lado contrario. Finalmente llegó a la esquina donde había visto el afiche, respiró hondo porque hacia mucho que no corría y su corazón parecía querer recordárselo. Cuando recuperó el aliento levantó la mirada y su corazón empezó a latir tan fuerte que parecía querer escaparse, no lo podía creer, era ella la que estaba en ropa interior en ese gigantesco cartel. Rápidamente se sonrojó, y no era por la corrida, sino porque este aviso era de lencería. Esa sonrisa y esos ojos celestiales competían por su atención con un cuerpo tan firme y transpirado que parecía estar en llamas. Mariano sentía muchísimo calor, para él esta situación era equivalente a estar en la intimidad con ella más allá que en la realidad estaba rodeado de personas. Después de pasar media hora admirando el cartel volvió a su casa, aunque la imagen tardo mucho más tiempo en abandonar su cabeza.
La mañana llegó con muchísima energía, después de un rápido desayuno salió temprano hacia la parada. El colectivo que siempre tomaba no pasaba por el cartel a la ida, así que a pesar que debía caminar unas cuadras más decidió tomar otro que si lo hacia. El viaje parecía rememorar viejas épocas, esa vieja excitación, ese corazón que palpitaba cada vez más fuerte a medida que se acercaba. Esta vez no había referencias que él conociera por lo que el cartel podía llegar en cualquier momento. No había conseguido asiento, así que tenía que estar inclinado para mirar hacia afuera lo que no resultaba muy cómodo. Finalmente y cuando estaba forcejeando con una señora que quería bajar fue cuando ella entró en escena. Todo lo del alrededor pareció esfumarse. Esas curvas perfectas, esa mirada que mezclaba lo angelical con el deseo, pronto se sintió acalorado aunque la ventana que tenía delante estaba completamente abierta. Ese momento íntimo que estaba viviendo se vio perjudicado por un triste comentario que escuchó detrás de él. “La parto a la mina esa” fue lo que llegó a sus oídos. Cuando Mariano se dio vuelta vio el hombre robusto y con serios problemas de higiene que dijo eso. Su mirada desafiante no le agradó demasiado a este extraño personaje, pero ninguno de los dos dijo nada con palabras por el resto del viaje.
Todo el día su mente rondó por ese momento de su vida, hasta a él mismo le parecía raro haberse sentido celoso de una foto pero no podía evitarlo. La imagen mental en la que se veía en la intimidad con la chica se veía interrumpida por la imagen de este mono afeitado del colectivo. Era como que se metía entre medio de su relación y ese sentimiento de celos pronto se transformó en odio. Lo único que aliviaba esa tortura, era la idea de que a la vuelta volvería a verla, y así fue, pero algo que no esperaba sucedió. En el mismo instante en que estaba concentrado admirando esa inmensa belleza se escucho una voz un poco aguda que comento: “Mamita, te parto en ocho”. Al darse vuelta totalmente sacado, Mariano vio un grupo de estudiantes de secundario festejando la ocurrencia del que parecía ser el autor de la frase. La cara de Mariano cambio totalmente la expresión de su cara. Cuando recupero la conciencia estaba agarrando del cuello a ese impertinente chico rodeado de las miradas atónitas de los pasajeros del colectivo. Al bajarse y respirar un poco de aire alzó la mirada para ver el cartel, esta vez el sentimiento de cariño y excitación se vio desplazado por un sentimiento de culpa y miedo. ¿En qué se había convertido? En un loco que se creía dueño de la imagen de una gigantografía y que celaba a una chica que no conocía y que posaba semidesnuda ante miles de personas. Mientras reflexionaba sobre este aspecto no podía evitar mirar a la gente que pasaba y que al observar el cartel ponía cara libidinosa. Él sabía lo que estaban pensando y no podía evitar volver a sentir esa furia que nacía desde sus entrañas. En un dejo de racionalidad decidió volver a su casa para evitar mayores problemas. Cuando llegó allí el pensamiento no era el habitual, ahora lo que inundaba su cabeza era la pregunta de que iba a hacer con eso que lo abrumaba. Estaba enamorado de una foto que encima celaba. ¿Se estaba volviendo loco?
Al otro día no fue a trabajar, decidió quedarse estáticamente parado en esa esquina mirando la imagen de esa preciosa mujer. Muchos sentimientos lo invadían, casi peleaban dentro de él, ese amor y deseo se enfrentaban ferozmente con la autocompasión y el enojo de no poder tenerla para él sólo. A medida que transcurrían las horas y pasaba más y más gente por esa céntrica vereda, ese sentimiento terminó ganándole a todos. Ella no podía ser de otros, tenía que ser para él sólo.
No fue al trabajo tampoco al día siguiente, no salió de su departamento salvo por un pequeño lapso en el que fue a comprar algunas cosas en la ferretería. Ya entrada la noche decidió salir. Caminó cuadras y cuadras y luego se sentó en un pequeño cantero. Para cualquiera que pasaba por allí era un corredor que estaba descansando. Pasó un rato hasta que alguien se dispuso a entrar al edificio que estaba justo enfrente. Inmediatamente Mariano se paró y corrió hacia allí. Llegó en el momento en que esta persona estaba cerrando la puerta. Mientras la sostenía le dijo que se había olvidado llaves en casa cuando salio a correr. Muy cordial su supuesto vecino lo dejó pasar y tuvieron una típica charla rápida hasta el ascensor donde la persona que verdaderamente habitaba en el edificio apretó primero el botón. Mariano apretó el botón de un par de pisos más arriba mientras seguía quejándose del clima pesado. Ni bien se bajo el otro pasajero, Mariano apretó el último piso en la botonera del ascensor. Al bajar se encontró con una especie de depósito donde había grandes tachos de basura y una vieja puerta de chapa. Se dirigió hacia allí y comprobó que la puerta estaba cerrada. Forcejeo un poco hasta que se safó el viejo picaporte y lo tiro con fuerza hacia donde estaban los tachos. Al pararse notó en la pared un clavo con una llave tan vieja como la puerta. Lo tomó y sin poder creer su suerte abrió la puerta para salir a la terraza del edificio. Al subir la cabeza pudo observar la enorme estructura que sostenía la imagen que tanto había dado vueltas en su cabeza. Inmediatamente abrió su campera y sacó una larga soga que se puso al hombro. A un costado de la estructura se podía ver una angosta escalera de metal que llevaba hasta arriba, una vez ahí pudo ver que la lona que llevaba la imagen de la chica estaba aferrada a la estructura por una soga que pasaba por los ojales que tenía a lo largo de su parte superior. Sacó de su bolsillo una agarradera como la que usan los escaladores y la engancho a la escalera lateral, luego desenrolló la soga y que llevaba al hombro y ató un extremo a la agarradera y el otro a su cintura. Se paró sobre la escalera superior que tenía el mismo ancho que la lateral pero estaba en forma horizontal a lo largo del cartel. Su corazón latía casi tan fuerte como la primera vez que vio la imagen. Muy despacio caminó por la estructura liberando de la soga cada uno de los ojales. Respiraba fuerte pero se tomó la operación con muchísima calma para no desestabilizarse, más allá de estar atado a la estructura un error allí podía ser fatal. Cerca estaba el final de la estructura, ya faltaba poco para que sea suya y de nadie más. Se había pasado todo el día fantaseando en donde iba a poner semejante imagen, después de mucho deliberar la idea ganadora fue ponerla a lo largo del techo de su habitación, de esa manera podría dormirse mirando a esos inmensos ojos. Esbozó una sonrisa al ver que sólo le faltaban dos ojales más cuando de pronto escucho una voz que venía de la terraza. “¡Eh, que está haciendo ahí!”, dijo el encargado que había salido a fumar se había encontrado con un particular espectáculo. El hecho le hizo perder la concentración a Mariano que resbaló y cayó hacia el vació aferrándose a la soga que tenía en la mano. La otra soga, la que lo aferraba a la estructura, se safó rápidamente con el tirón por estar mal atada, pensó que nada iba a salvarlo de estrolarse contra el piso, fue en ese momento en que sintió un fuerte tirón en el brazo. La soga a la que se aferraba había amortiguado su caída aunque tan pronto como se desataron esos últimos ojales cayó al piso junto con la abrumadora imagen que lo tapó completamente.
Al abrir los ojos, Marino tardo unos segundos en entender que sucedía. Pronto, el yeso en su brazo derecho le dio la pista de que estaba una habitación del hospital. En ese momento entró la enfermera que tenía los ojos más lindos que él había visto. Cuando lo vio despierto ella sonrío, fue allí cuando para él toda la habitación se llenó de luz.
lunes, 6 de octubre de 2008
El enemigo oculto
domingo, 28 de septiembre de 2008
Historia de un viaje
El pasaje no fue problema, hace años que venía sumando puntos con la tarjeta de crédito y ya tenía la cantidad necesaria para llegar a Europa. Claro que, siendo un viaje tan largo, no me iba a conformar con ver Madrid solamente, que es donde vive mi amigo, así que logré que accediera a acompañarme a conocer un poco del viejo continente cuando estuviera allí.
El primer destino fuera de España ya estaba claro. Mi amigo había visto una oferta en internet de un viaje en avión a Ámsterdam por menos de 30 euros. Por lo que el primer destino ya estaba establecido ¿Qué vendría después? Eso lo resolveríamos sobre la marcha. Entiéndannos, éramos jóvenes, ilusos y habíamos visto demasiadas películas sobre excitantes viajes no planeados por el viejo mundo como para perder esta oportunidad.
Ya paseando por las exóticas callejuelas de Ámsterdam, siempre bordeando algún canal y con ese olor tan particular por todos lados, nos pusimos a pensar cual sería nuestro siguiente destino. Poco tiempo nos costo encontrar un par de capitales más para anexar a nuestro viaje. Surgió el nombre de Berlín, por ser una ciudad con tanta historia y aún así tan desconocida. Y para terminar está pequeña travesía no nos costó nada acordar a donde ir. Después de todo, la ciudad más linda del mundo sólo es una y no podía faltar en nuestro recorrido. Así que los últimos tres días del viaje decidimos pasarlos en París.
Todo parecía perfecto, la Internet era la agencia de viajes perfecta para esta aventura. No teníamos más que reservar lo que queríamos y seguir castigando a la pobre tarjeta de crédito. Despedimos Ámsterdam como se debía hacer, tomando un cafecito en uno de sus típicos coffee shop (en realidad lo más típico ahí es otra cosa del menú, pero decidimos tomar café) y recorriendo sus canales en una de sus tantas lanchas.
Después de un corto y apretado vuelo de una hora llegamos a Alemania por el aeropuerto de Tegel. Ya era de noche y estábamos en una ciudad totalmente desconocida, realmente no era un panorama muy alentador para nadie. Pero nosotros todavía teníamos el espíritu del viaje latente y no decidimos darle mucha importancia a eso. Nos dirigimos al puesto de información del aeropuerto y como mi amigo no hablaba muy bien ingles yo era el relaciones públicas del grupo. El problema era que el agente de información tampoco hablaba muy bien ingles y costo un poco darse a entender, pero por suerte teníamos la dirección del hostel impresa por lo que pudimos mostrársela claramente.
Este fue el momento en que empezamos a perder un poco el buen humor, ya que al ver la dirección extrañado y después de ingresarla a la computadora empezó a reirse descontroladamente. La verdad que ese gesto no nos dio mucha confianza. Cuando el señor pudo recomponerse nos explico, en un ingles muy rudimentario, que teníamos que tomar un colectivo e ir hasta una estación de tren donde debíamos tomarlo hasta la estación más cercana al hostel y de ahí caminar unos 600 metros.
Hasta ahí todo bien, teníamos el mapa con las anotaciones de nuestro nuevo amigo y sabíamos exactamente que debíamos hacer. ¿Qué podía salir mal? Como dicen en las películas justo antes de que todo empiece a salir mal.
Ya subidos al colectivo con nuestro equipaje observábamos el paisaje que veíamos por la ventana, que realmente era bastante oscuro. Encima, la mayor parte del trayecto era una autopista por lo que no había mucho para ver. Mi amigo notó que entre las agarraderas había una pantalla con un teletexto que iba indicando las paradas. A mi me parecía perfecto, ya que nos iba a ser mucho más sencillo darnos cuenta a donde teníamos que bajar. Al poco tiempo empezamos a ver una zona más civilizada, eso nos tranquilizó un poco. Yo me estaba entreteniendo un poco cuando me avisa que teníamos que bajarnos. Como pude, agarre la valija y la mochila y bajamos del micro.
Cuando vi que mi amigo no paraba de girar la cabeza buscando donde estaba la dichosa estación me empecé a preocupar un poco. Evidentemente nada ni remotamente parecido a una estación de tren estaba a la vista, por lo que decidimos empezar a caminar por la avenida más iluminada que vimos y ver si podíamos preguntarle a alguien a donde estábamos. Ya era de noche, aunque el reloj marcaba las 7 de la tarde ya estaba oscuro y no había nadie en la calle. De pronto vemos a una familia que venía caminando en nuestra dirección e intentamos pararlos de la forma más amable que podíamos para que no piensen que los íbamos a asaltar, que era la conclusión más sencilla que se podía sacar por nuestro aspecto. Intenté preguntarle donde quedaba la estación en Ingles, ninguno de ellos parecía hablarlo pero por la situación pude entender que el menor estaba estudiando el idioma en la escuela y la madre lo empujaba para que me respondiera. Evidentemente el nene no era muy buen estudiante porque no me entendía nada y la madre se lo reprochaba. Gracias a dios el padre tuvo el buen tino de salvarnos a todos de esa situación tensa y parar a alguien más para preguntarle si hablaba ingles. Efectivamente la nueva integrante de esta pequeña comedia al paso sabía y me indicó donde era la estación, que, obviamente estaba a unas cuantas cuadras.
Ya más cansados todavía llegamos a la estación que nos habían indicado en el mapa. Todo estaba cerrado y lo único que parecía moverse eran los trenes sobre nuestras cabezas. Luchamos un par de minutos con las maquinas que nosotros suponíamos que servían para sacar boletos. Ante nuestra falta de suerte y nuestro agotamiento decidimos subir y que sea lo que dios quiera. Cuando llegamos a la plataforma donde estaba el tren y ahí si ya había más luz y gente por lo que nos relajamos un poquito más. No teníamos boleto pero el tren parecía ser el correcto e incluso sabíamos que el próximo iba a llegar en pocos minutos según indicaba la pantalla. El tren llego a la hora indicada y ahí tomamos conciencia de que estábamos en Alemania, todo parecía marchar bien, hasta pensamos que nuestra racha de mala suerte se había terminado y que podíamos continuar con nuestras vacaciones en paz, que equivocados estábamos.
A medida que seguíamos pasando las estaciones de tren nos dábamos cuenta que el paisaje era cada vez más arbolado. Parada a parada se iba reduciendo la urbanización a manos de la naturaleza y esto nos empezaba a preocupar un poco. Llegamos a nuestro destino y nos bajamos. La estación parecía estar en el medio de la nada, a nuestro alrededor sólo había bosque. El único indicio de la mano del hombre era un camino que salía de la estación y se adentraba en un bosque que era la envidia de cualquier película de terror.
Realmente no sabíamos que hacer, porque nos habían dicho que una vez en la estación teníamos que caminar 650 metros, ¿pero hacia donde? No había un alma en la estación y las pocas personas que habían bajado del tren con nosotros parecían haber desaparecido en las sombras. La única que se nos ocurrió fue golpearle la puerta a lo que parecía ser la casilla del guarda a ver si había alguien. Al rato de golpear sale el guarda que parecía salido de una vieja postal alemana. Con unos bigotes que sólo se pueden usar allá, camisa blanca y pantalones con tiradores el guarda parecía no estar muy contento con que hayamos interrumpido su cena. Intento pedirle disculpas en ingles que por supuesto no entiende y le indico en una hoja de papel la dirección que estábamos buscando. Toma el papel y entra cerrándonos la puerta en la cara. Ya sin la dirección a la que teníamos que ir y considerando que nunca en la vida íbamos a poder recordar ese nombre pensábamos que estábamos destinados a dormir a la intemperie, pero cuando las pocas esperanzas que teníamos se apagaban como en un corte total de luz la misma puerta que se había cerrado segundos atrás se abría dejando ver un gran mapa del lugar que estaba al final de la habitación y a nuestro amigo de los bigotes. En una extraña mezcla entre el lenguaje de manos y las onomatopeyas el alemán nos dijo que sigamos el camino que se adentraba en el bosque para encontrar la dirección. Ya entregados a nuestro destino decidimos hacerle caso y seguir su indicación.
Empezamos a adentrarnos en el bosque y cada paso que dábamos nos hacia acordar al más trillado de los argumentos de una película de terror. Dos jóvenes perdidos se meten en un tenebroso bosque a la noche… ese es el momento en que todos gritamos a la pantalla diciendo “salgan de ahí”. Claro, es obvio que nada bueno puede pasar. Adentrarse voluntariamente de noche en un tenebroso bosque es algo que nadie cree de la trama. ¿Mirá si alguien va a ser tan entúpido de meterse solito a la boca del lobo? Y bueno, no se si servirá de algo, pero en ese simple acto de estupidez logramos redimir a todos los guionistas de terror.
Entre más nos internabamos en el bosque, más espaciadas eran las luches del camino. Ya habíamos dejado atrás el camino peatonal y nos habíamos metido en un camino de autos. La noche estaba temiblemente silenciosa, lo único que se escuchaba era las ruedas de mi valija que parecían quejarse por no estar hechas para ese tipo de terreno. Mi amigo, que ya no hablaba por el miedo, me señala el cartel que estaba justo debajo de la siguiente luz. El ícono nos avisaba que había animales sueltos, claro que lo decía con un venado, pero nosotros sabíamos que seguramente no se límitaba solamente a bichos tan inocentes.
A lo lejos vimos una luz que no era del camino. Al adentrarnos un poco más nos dimos cuenta que era una construcción, lo que nos alivio un poco. Apuramos la marcha para llegar al lugar que tanto buscamos, pero entre más nos acercábamos más nos dábamos cuenta que estábamos equivocados. Lo que a lo lejos parecía ser nuestra salvación de cerca no era más que un viejo deposito que parecía haber sido construido antes de la segunda guerra mundial. La verdad que era una típica construcción alemana muy linda, pero el pánico que cada vez nos inundaba más no nos dejaba apreciar nada. Ya todo instinto turístico estaba sumergido bajo un manto de desesperación silenciosa.
En el momento en que estábamos intentando decidir si volver atrás o adentrarnos más en el bosque escuchamos algo que nos hizo olvidar respirar por unos segundos. De entre los árboles salía el sonido inconfundible de la respiración de un porcino. No tardamos nada en imaginar que era un jabalí salvaje el que había decidido compartir nuestro paseo nocturno. Sin cruzar una palabra con mi amigo ya estábamos de acuerdo en algo, nunca habíamos sentido tanto miedo en la vida. Realmente no sabíamos que hacer, nos quedamos ahí parados en el medio del bosque inmóviles escuchando esa respiración furiosa que se nos colaba en las entrañas. De pronto, gracias a dios, otro sonido tapó el de aquel animal. El motor de un taxi que andaba por el camino en la dirección contraría a la que nosotros veníamos inundaba el temible sonido salvaje. Obviamente no nos alcanzaron las manos para parar al pobre hombre que tuvo la delicadeza de detenerse ante dos extraños que paseaban en el medio de la nada. Por supuesto no entendía ingles pero le mostramos el papelito con la dirección que introdujo en el sistema de gps para ver donde quedaba.
Nos mostró en el gráfico que la dirección era a sólo unas cuadras y nos pregunto en un ingles básico si queríamos subir al taxi. No recuerdo si le respondimos, pero subimos al taxi lo más rápido que pudimos. El corto viaje nos sirvió para volver a respirar normalmente y relajarnos un poco. Al llegar le pagamos al chofer y ni nos molestamos por agarrar el cambio, ya no nos importaba nada, estábamos felices de haber llegado finalmente.
Al entrar el administrador nos saludo con nombre y apellido. Parece que nos estaban esperando. Después nos dimos cuenta que era muy tarde y todos las demás reservas ya debían haber llegado. Nos registramos y sin pensar siquiera en comer o en guardar la ropa nos fuimos a dormir, estábamos agotados.
Al otro día parecía que era otra película. Bajamos a desayunar y lo que de noche era un tenebroso bosque, de día era un hermoso paisaje invernal que hasta tenía un lago con bellísimas casitas típicamente alemanas que lo rodeaban. Es impresionante lo que la luz puede hacer con los lugares, creo que nunca más voy a menospreciar el poder del sol.
Ya desayunados empezamos a descubrir Alemania, la que realmente nos interesaba, la que se podía a la luz del día. En las siguientes jornadas descubrimos un país fantástico, que parece duro e inaccesible al principio, pero que con el tiempo uno termina queriendo.
Como broche de oro en nuestro corto pero excitante viaje y después de despedir a Alemania como era debido (equivocándonos de aeropuerto y atravesando la ciudad en taxi en menos de 40 minutos para poder tomar nuestro vuelo) llegamos a lo que para muchos es, y para mí también, la ciudad más bella del mundo. Paris es lo que uno primero imagina cuando piensa en Europa, y una vez allí uno se da cuenta porque. Esta ciudad es la puerta de entrada a la belleza del viejo continente y de la cultura humana. No se si son sus monumentos, su disposición simétrica de las cosas o la poesía que flota por el aire, pero uno se siente distinto cuando está ahí.
Nos aconsejaron caminar por el Sena e ir viendo como va fluyendo la ciudad y eso hicimos. Fue extraño, porque sentimos que la ciudad se nos iba presentando a través de sus plazas y construcciónes antiguas, incluso nos adentramos un poco más y nos metimos por sus callecitas, pero esta vez no teníamos miedo de perdernos porque había alguien que nos guiaba desde lo alto y que era, lo pensemos o no, nuestro destino final obligado. Después de meternos en las venas de la ciudad tuvimos un broche de oro que era tan obvio como espectacular.
La torre Eifel emergía por sobre la ciudad mirando nuestro paseo muy paciente, como sabiendo que íbamos a llegar a ella finalmente. Y así fue, su imponente estructura que ya habíamos visto millones de veces en fotos y videos nos impresiono como si fuera la primera vez que la veíamos. No nos cansábamos de mirarla, pero aún así ella sentía que tenía que seguir impresionándonos, así que cuando las luces del día se apagaron se encendieron las suyas y en cada hora millones de destellos se apoderaban de la noche por diez minutos. Como si quisiera que no nos olvidáramos que estaba ahí. Que ilusa, como si eso realmente fuera posible.
Realmente nos pasó de todo en este viaje, desde cosas buenas hasta muy malas. Pero más allá de una infinidad de recuerdos, lo que más me gusto de este viaje fue que aprendí que no importa cuan cerca o lejos te vayas, lo que siempre buscás es volver a encontrarte con vos mismo.

