domingo, 27 de enero de 2013

martes, 19 de junio de 2012

Genérico


A veces me pregunto por qué uno añora tanto a la infancia. Seguramente hay muchas respuestas para esto, pero la que más me convence a mí es por su simpleza. Todo tenía un nombre concreto y claro, casi obvio, como un genérico. Por ejemplo el periodo de nueve meses donde íbamos a clases no tenía otro nombre que “Las clases”, una denominación tan monótona y aburrida que no podía calzarle mejor. En cambio, el resto del año tenía un nombre alegre y colorido, bien a tono con el sol y la música que vestía esos meses de diversión, que mejor nombre para resumir todo eso que “El verano”.

“El verano” era el mejor albergue para la felicidad de la infancia, porque era todo lo contrario a lo complicado de “Las clases” con sus nombres y sus fechas exactas. En esta época todo era genérico y único. Bastaba con decir que ibas “a jugar a la pelota”, para que tu vieja supiera dónde estabas y si preguntaba con quien ibas la respuesta era “con los pibes” y eso bastaba para que ella se quedara tan tranquila como si tuviera en su poder las fotocopias del DNI de cada uno de ellos. Y claro que en ese afán de simplificar y unificar todo necesitábamos un lugar que pueda conjugar la diversión de los juegos, con la libertad de estar lejos del control de nuestros padres y la emoción de la aventura. Y ese lugar era “El club”.

“El club” era casi como de otro tiempo, estaba a tres cuadras de mi casa y al parecer había pertenecido a los ferroviarios o seguía perteneciéndoles, a nadie le importaba. Lo único que interesaba es que era el aguantadero perfecto para sacarle jugo a esos meses de diversión.

Ni bien entrabas veías una enorme y antigua casa a la que nadie podía entrar, cuyo objetivo parecía ser amedrentar a cualquier nuevo visitante que haya pensado ingresar. Porque claramente, “El club” era para los que lo conocían y lo disfrutaban, no parecía interesarle los nuevos miembros ya desde su estructura, ya que su pileta, su canchita de futbol 5, el bar y la cancha de once parecían ocultarse tras ese viejo caserón como si fueran pollitos mojados protegiéndose atrás de un hermanito mayor con cara de pocos amigos.

Esta especie de secta barrial, a la que uno pertenecía simplemente por conocer el lugar y tener un arrugado carnet escrito a mano, no hacía más que agregarle misticismo a algo que casi lo destilaba. Su antiguo aljibe, su enorme arboleda y la lejanía con la calle y el sonido de los autos eran detalles que no pasaban inadvertidos y te hacían pensar que al cruzar esa puerta de entrada escondida habías vuelto el tiempo atrás a una época más simple y desestresada en donde de alguna inexplicable manera ese lugar había quedado varado. Imposible encontrar un mejor marco para pasar “El verano”.

Los días pasaban indistinguiblemente y con una rutina casi calcada. Lo primero era encontrarse con los amigos y armar el rústico campamento donde revoleábamos los bolsos y las remeras para refrescarnos en la pileta. Luego de alguna que otra mancha y varias carreras venia la merienda con su obligado partidito de metegol, que era la previa para el partido de futbol que venía después. Ya cuando el sol parecía un poco más complaciente. Después un nuevo chapuzón seguido de una ducha y ya a las ocho de la noche había que irse a casa, pasar un rato con los viejos, comer y a dormir para volver al día siguiente.

Poco nos molestaba la rutina pero la vida está llena de rutinas que por una u otra razón se terminan cortando. Y así fue, todo cambió cuando una de esas perfectas tardes de verano ví en la pileta a “Esa chica”, no sabía su nombre y eso me mataba. Era perfecta, aunque con los años mi idea de perfección femenina se fue alterando. No guardo en mi mente una imagen completa de ella, si pequeños pedacitos: su sonrisa, su mirada, las pequitas en sus cachetes, el pelo tapándole una parte de la frente, algo que ella odiaba porque constantemente se lo acomodaba.

No puedo explicar por qué me gustaba exactamente, como creo que nadie puede cuando está realmente enamorado, pero me gusta tanto que se me hacía imposible poder hablarle sin derretirme en el proceso. Ella me hizo descubrir el amor sin saber que yo existía. Ese amor que se basa en la obsesión por estar con alguien, en esos pensamientos que asechan tu cabeza y que te persiguen hasta que te duele el estómago. Ese amor puro, que sólo puede ser el primero, sin manchas de rencores o de malos recuerdos. Ese amor que me estaba comiendo por dentro.
No me podía dormir, comer, pensar, no me podía concentrar en nada que no fuera ella. Claro que la concentración que necesitaba en ese entonces no iba a alterar más que a mis pobres compañeros de equipo de las tardes que sufrían mis despistes en cada partido.

No podía seguir así, este suplicio eterno tenía que terminar, tenía que saber su nombre. No se me ocurrió mejor forma de averiguarlo que hablar con alguna de sus amigas, claro que a los doce años el sexo opuesto parece ser tu enemigo mortal, después de esa edad… se vuelve un enemigo aun más complejo. Pero mi objetivo era claro, probé preguntándole a una chica que cada tarde se sentaba a vernos jugar a la pelota. No había tiempo que perder, sin decir hola siquiera le pregunté el nombre de aquella chica de cara pecosa y pelo lacio largo, ella lo pensó un momento y accedió a decírmelo si la dejaba jugar en mi equipo. Yo estaba tan desesperado por saber que accedí, no hizo falta mucho para convencer a mis amigos de cambiarme por ella, la verdad es que mi rendimiento futbolístico había decaído mucho y no podían imaginar a nadie, ni hombre ni mujer, que pudiera jugar peor que yo, así que sin mayor preámbulo se realizó el cambio.

No presté ni la más mínima atención al partido, aunque noté que los gritos de mis amigos disminuyeron bastante así que la chica no podía estar jugando tan mal, pero lo único que ocupaba mi cabeza era la idea que después de que el partido termine iba a saber el nombre de mi amada. Quizás hoy en día uno siente que eso no significaba nada, pero a esa edad era difícil de imaginar mayor misterio por descubrir.
El partido terminó, sabe Dios con que resultado, y la chica se me acerco y me dijo ¬—Camila —, segundos después todos fueron hacia la pileta con el resto de los chicos, creo que incluso me llamaron para que los acompañara, pero no podía hacer otra cosa que pensar en ella y en su hermoso nombre. Tanto es así que sin darme cuenta se hizo de noche y debía volver a mi casa.

Al llegar a la puerta del club veo una sombra tras mis pasos que recién logré distinguir cuando uno de los viejos faroles que iluminaba el camino empedrado hacia la reja dejó de parpadear. Era “ella”, por algún capricho del destino se había quedado hasta tarde también. Los nervios no me dejaron hacer nada más que caminar hacia la calle y volver a mi casa, al pasar un par de casas me di vuelta y ví que ella caminaba en la dirección opuesta. En ese segundo el valor que no creía tener se apoderó de mí y le grité —¡Chau Camila! —. A lo que ella no respondió, siguió caminando como si nada hubiera pasado. No podía creerlo, no merecía ni un simple gesto, ni una mirada, quedé devastado.

Con gran esfuerzo volví al club al día siguiente, no iba a dejar que eso arruine mi verano, pero esa tarde descubrí que ya lo había hecho. A todos lados donde iba estaba ella, no podía ir a la pileta, ni al bar, la canchita de futbol era mi único refugio, aunque ni siquiera podía jugar, porque parecía que mis amigos estaban tan contentos con la nueva incorporación femenina que yo quedé relegado al banco. Después del partido la nueva jugadora parecía haber notado mi depresión y se acercó a preguntarme que me pasaba, le conté lo sucedido y ella, notablemente apurada por tirarse a la pileta, me dijo que no me preocupara, que no todo es lo que parece. Yo lo tomé como un consuelo de compromiso, hubiera dado cualquier cosa por estar en su lugar disfrutando del agua y de los amigos, pero no quería volver a ver a Camila, sentía que esa cautivante sonrisa y esa tierna mirada iban a destrozarme el corazón si volvía a verlas. Quizás la mejor opción era atesorarlas en el recuerdo donde no podían volver a lastimarme.

No tenía mucho sentido quedarme ya que me había auto-vedado la mayoría de las instalaciones del club, así que decidí volver a mi casa previa parada técnica en el barcito para comprar un helado de crema cubierto de chocolate que siempre me animaba, la hora de la merienda había pasado así que no había peligro de cruzarme con ella, claro que eso traía sus consecuencias, una de ellas que los helados se hayan acabado. No me sorprendió para nada, cuando estas de mala suerte todo conspira en tu contra, ni siquiera me hubiera extrañado que un satélite ruso en desuso me cayera en la cabeza al salir del local.

Sumido en mi depresión y sin prestarle atención a nada llegué a la puerta con el triste consuelo de que no había nada peor que podía sucederme ese día, sólo para enterarme de que si la había y era la que me estaba esperando en la puerta. Justo allí en la salida estaba “ella” sentada comiendo un helado, esperando para humillarme sin siquiera saberlo. Pero no era momento para la cobardía porque escaparle a una chica lastimaba mucho mi orgullo masculino. Así que hice lo que tenía que hacer, me armé de valor y caminé algo apresurado hacia adelante para atravesar la puerta y dejar todo eso atrás. Me sentía raro al caminar, poco registraba lo que sucedía a mi alrededor hasta que ya pasando la puerta su voz me despertó, —¿Querés? —me preguntó. En una reacción refleja me di vuelta y ví que me estaba ofreciendo su helado, en un atisbo de lucidez asentí con la cabeza y muy tímidamente me acerque y le di un buen mordiscón. —Gracias Camila —me atreví a decir y un —No me llamo Camila —hizo que en mi cara se dibujara una sonrisa rellena de crema.

Ese día fue cuando más tarde me fui del club, hablamos de todo por no recuerdo cuanto. Hasta me dijo su verdadero nombre, el que luego de unos años lamenté no recordar. Aunque con el tiempo me di cuenta que no importaba, porque la razón por la que uno recuerda siempre el primer amor es esa simpleza y ese carácter genérico que lo reviste.

El “primer amor” no tiene ese nombre hasta el recuerdo, en un primer momento es sólo “el amor”. Tan frágil y puro que es únicamente capaz de sobrevivir en los recuerdos, donde se mezcla con el momento, la juventud, la nostalgia y por sobre todo en este caso, el lugar donde se encontró. Esa conjunción se transforma en algo tan mágico como irrepetible, un genérico, una síntesis perfecta de esa felicidad utópica que recordamos alguna vez haber tenido y pasamos la vida tratando de volver a encontrar.


domingo, 18 de diciembre de 2011

La discriminación no discrimina


En estos tiempos de cambios, donde lo viejo se choca con lo nuevo y lo que parecía que siempre iba a ser no es más, es bueno saber que hay alguien que sin importar color de piel, sexo, religión o forma de pensar trata a todos por igual y se esmera por incorporarlos a sus filas, ese alguien es nuestra vieja conocida, la discriminación.

Desde que el hombre es hombre la discriminación camina entre nosotros, algunos pueden tomarlo como parte de la naturaleza humana, otros pueden pensar que es una forma de supervivencia, la verdad es que desde siempre intentamos encontrar diferencias entre nosotros. Las excusas son muchas, desde el tipo de sexo pasando por la familia y la habilidad hasta hoy en día el equipo de fútbol o la red social en la que estemos, el ser humano siempre encontró formas de crear grupos para pertenecer y separarse así de los que no den bien el ingreso. Como una forma de diferenciarse para definirse a sí mismos, ser parte de algo. Claro que para que esta fantasía se cumpla es vital que gran parte de los que queden afuera quieran entrar, sino uno se estaría autoexcluyendo, como bien decía Marx (el humorista, no el inventor del socialismo) “Nunca sería socio de un club que me aceptara como miembro”, pertenecer a algo no significa nada si todos pueden pertenecer a ello, la ilusión sólo se crea si hay un cierto sacrificio en la admisión, no sirve de nada si es algo que se da por sentado.

Es por eso que es vital, para que esto funcione, hacer sufrir al que excluimos, hacerlo creer que su vida no tiene sentido, que está vacía de contenido. Aquí es donde acudimos a nuestra vieja amiga del principio del artículo. “Discriminar” termina siendo sólo una herramienta para diferenciar quien está afuera y quien está adentro ya que de otra manera podrían confundirse los tanto, como decíamos antes, al separar y discriminar a los que no pertenecen a un grupo, uno también se discrimina a sí mismo del resto, termina siendo víctima de su propio juego. Es imperioso entonces resaltar quien tiene la razón y quien no lo más rápido posible. A través de insultos y descalificaciones generalmente logramos que los de afuera se sientan mal y sufran, entre más mejor, además eso les da a los de adentro una buena razón para quedarse donde están, “A ver si nos pasa lo mismo que a ellos”.

Pero acá está el punto de este artículo, decíamos que la discriminación no le importa mucho el por qué de sí misma sino el hecho de discriminar en sí. Entonces, ¿qué pasa cuando los que en un principio eran discriminados ya no lo son más? La historia tiene una forma de repetirse cuando no aprendemos de ella, hay varios ejemplos muy representativos de esto: Los judíos después del holocausto, la gente de color en Sudáfrica y (para poner un ejemplo más local) podríamos poner el caso del matrimonio igualitario aquí. En la mayoría de los casos pasa igual, las razones pueden ser muchas, pero siempre se termina discriminando a los que discriminaban casi de la misma manera que en el comienzo, es como si de un día para otro todos los socios de Banfield hincharan por Lanús sin solución de continuidad, es el péndulo que va de lado a lado pero es siempre el mismo péndulo. ¿Por qué hacemos esto? ¿No podemos aprender nada de lo que pasó? ¿Es necesario criticar a los que están en la otra vereda ahora que lo políticamente correcto se cruzó para acá? Para algunos puede sonar como que odio a los negros, los judíos y los gays y que encima pretendo que se me respete por eso pero ese no es el caso, yo estoy en la misma vereda que ustedes pero el caso no es la vereda en la que estemos parados y mirar con mala cara a los de enfrente, sino realmente crecer y cambiar la actitud.

Sé que no es fácil hacerlo y darle a otro la posibilidad de pensar distinto cuando él originalmente no lo hizo, pero la historia no cambia haciendo cosas sencillas. Jimi Hendrix no era un gran guitarrista porque se quedó en los ejercicios de digitación o Paul McCartney no es un gran compositor porque compuso solamente Obladi Oblada, esta gente, como todos los que lograron algo, fueron más allá de lo sencillo para adentrarse en el mundo de lo complicado, para superarse y lograr algo que quizás no imaginaban que podían lograr. Quizás eso nos pase a nosotros, no lo vamos a saber hasta que no lo intentemos, por ahí realmente cambiamos el paradigma pendular por uno donde podamos escuchar y respetar el pensamiento y la opinión de todos, especialmente la que difiere con la nuestra. Quien te dice, por ahí aprendemos de “la discriminación” lo único valorable que tiene, que siempre trata de incluirnos a todos.

miércoles, 2 de febrero de 2011

La maquina de hacer demonios

No hace mucho escuche a Juan Pablo Feiman decir “Si los judíos no existiesen, los antisemitas los hubieran inventado”, esta frase ya la había escuchado anteriormente, quizás por él también pero el valor de estas palabras quizás no está en la frase en sí sino en cómo se puede aplicar a todos los grupos radicales.

¿Qué puede ser más útil para crear miedo u odio en un grupo de gente que crear un demonio con características opuestas a todo lo que nosotros queremos defender?, ¿qué puede ser más conveniente que eso? Obviamente que no creo que los judíos sean el demonio, sino que me refiero a la construcción de un demonio para apoyar una idea o quizás para compensar la falta de lógica de la misma.

Esta es la táctica que utilizan, premeditada o involuntariamente, los dos grupos políticamente radicalizados de la sociedad, a favor o en contra, que poco a poco van diluyendo su discurso a medida que la gente despierta de esa crispación y ese odio entrecruzado en el que han sido inmersos.

Dejemos de crear demonios que no existen, escuchémonos y vamos a descubrir que al final los dos queremos lo mismo। Con la ayuda del tiempo, el odio lentamente se disipa y queda lo que estaba debajo, el desconcierto y la búsqueda de la normalidad y la paz.

Aquí es cuando se hace evidente la falta de una propuesta que realmente nos de la confianza de cumplir con lo que se quiere y quizás por eso también surja alguna que otra idea de seguir con lo que está, idea también conocida como “mejor malo conocido…”. Pero, quizás por mi naturaleza optimista, creo que va a aparecer una opción superadora que de inicio a otra etapa que no destruya todo lo anterior pero que nos deje avanzar un poco más cerca de lo que todos queremos que es tener un país mejor. Quizás no sea tanto una cuestión de quién sino qué es lo que se pretende hacer.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Machete o Un mejicano con mucha cara de malo

¿Parodia de película clase B o película clase A que salió muy mal? ¿Un gran chiste o un bodrio bastante caro? ¿Robert Rodriguez es el Ed Wood de nuestra era? Ninguna de estas preguntas voy a responder en esta columna, bueno quizás las primeras dos pero más que nada voy a hablar de una película de género que se burla de las películas de género y que los que aman el género van a adorar।

Seguramente reconocerán al protagonista de varias películas del mismo director (por ejemplo: La balada del pistolero o Mini-espias) pero claro que nunca protagonizo ninguna peli y si miran este film van a descubrir porque। No creo que gane el oscar por su interpretación, pero está secundado por grandes actores que casi increíblemente aceptaron participar en la película.

Nacida como un falso avance de “Planet terror”, nuestro amigo Robert decidió convertirlo en uno verdadero y transformar esa idea en un largo incluyendo cada escena que estaba en el avance. Como resultado nos quedó una peli más que interesante sobre un mejicano ex agente federal (con una tremenda cara de matón de narco) que fue traicionado en su país y cruzó la frontera hacia Estados Unidos donde es un inmigrante ilegal mas hasta que le proponen asesinar a un político racista que planea hacer una reja electrificada a lo largo de toda la frontera con México। El dinero que le ofrecen es muy tentador pero el decide donarlo a una organización que ayuda a los ilegales manejados por una figura misteriosa llamada “She” (la película pasa todo el tiempo del español al ingles). Al momento de cometer el asesinato nuestro rudo héroe es engañado y baleado por otro francotirador que a su vez hiere al político en la pierna. Herido y todo escapa de sus perseguidores y es albergado por la siempre sexy y medio machona (cosa que la hace más sexy) Michelle Rodriguez.

El elenco se completa con Jesica Alba que es una agente de migraciones que persigue a Machete para luego obviamente aliarse con él, Lindsay Lohan que hace de la hija drogadicta (le debe haber costado un montón) del asistente del político y finalmente la vuelta de Don Johnson a las canchas que interpreta a un oficial de frontera que aparece bastante poco y poca ingerencia tiene en la trama. Todo esto nos da como resultado una entrega con mucha acción, algo de sexo y mucho humor para el público que gusta de ver pelis malas para reírse de ellas, Rodriguez hace films con este objetivo creando, junto con su padrino cinematográfico Tarantino, un nuevo sub-genero que por ahora funciona muy bien, el tiempo nos dirá si es una moda pasajera o si llegó para quedarse. Sea como fuere por el momento los muchachos tienen un buen programa para el viernes a la noche.

lunes, 25 de octubre de 2010

“Red social” o “Todo lo que hacen los tipos es para levantarse minas”

Cualquiera de los dos nombres detallados en el título podría haber sido el indicado para bautizar esta peli aunque por razones obvias los productores eligieron el primero (el segundo no entraba en el afiche)।

Con una dirección muy correcta de David Fincher, aunque no a la altura del club del “Club de la pelea” o “Seven”, este film nos cuenta la historia del joven creador de Facebook, Mark Zuckerberg (sí, tuve que buscar el nombre en Google porque no me acordaba como se escribía). Y de cómo este joven emprendedor que creó la red social más famosa de la historia que se basa en la idea de estar en contacto con tus amigos casi no los tiene y los pocos a los que se les podría calificar como tales lo están demandando por millones de dólares.

Lejos de reflexionar sobre la idea del fenómeno social que significa una página donde uno acepta o no a sus amigos, se reencuentra y conoce gente, quizás la gran diferencia con otras redes y en lo que es verdaderamente revolucionario es que en lugar de diferenciar en grupos busca puntos en común entre sus integrantes. De nada de todo esto habla esta cinta que cuenta cómo surgió la idea y como se implemento mechado, de forma intercalada y bastante dinámica, con todos los litigios que se sucedieron después porque claro, el principal enemigo de la amistad son las minas y el dinero, imagínense si combinamos los dos।

Mas allá de un elenco que mezcla desconocidos con famosos pero que está bien elegido (sí, incluso Justin Timberlake como el creador de Napster), quizás la interpretación más jugada se la lleva el protagonista Jesse Eisemberg (también busque a este para escribirlo bien) que compone al genio creador de Facebook como una persona tan inteligente como arrogante y desconectada de la realidad। Quizás aquí se encuentre la bajada de línea más importante del film sobre las redes sociales, en donde al igual que él, todos estamos cada vez más conectados a una realidad superficial y a la vez más desconectados de una realidad verdadera (Sí, soy conciente que este artículo lo publiqué en mi Blog y en el propio Facebook, pero la vida está llena de contradicciones).

En resumen una peli que no te va a volar la cabeza pero muy digna de verse y de que le pongamos un “me gusta” con un pulgarcito hacia arriba.

miércoles, 18 de agosto de 2010

¿Cuál es tu zanahoria?

Más allá de este pequeño truco publicitario les aclaro que este artículo nada tiene que ver con el siempre atractivo tema del sexo. Así que, dejando de lado al 90% de los lectores que nos acaban de abandonar, te explico mami lo que quise decir con este título.

Todos tenemos una zanahoria, sí ustedes también chicas (esta bien, es el último chiste de tono sexual, lo prometo) La zanahoria es una metáfora por algo que queremos alcanzar, lo que nos mueve y potencia hacia un destino futuro, uno que siempre parece distante como si estuviera dibujado en el horizonte, tal como la que aparece en la punta de un palo frente al burro de carga.

No tenemos que remontarnos tanto en la memoria para recordar que cuando éramos jóvenes e ingenuos y nuestras zanahorias crecían bajo la tierra de nuestros pensamientos como el alimento de futuras realidades y algunas decepciones. Hay zanahorias más grandes y más chicas, (el último, esta vez en serio) pero lo más interesante de todo esto es que todos tenemos una, porque la seguimos teniendo más allá que el tiempo o la realidad la hayan sacado de nuestro horizonte o la hayan reemplazado por otra.

¿Cuál es tu zanahoria? ¿Ser piloto, astronauta, estrella de televisión, contador? Seguramente hayan pasado por varias hasta encontrar la definitiva, ese sueño por el que podríamos dar la vida por alcanzar o al menos eso creíamos en ese momento. Pero el tiempo pasa y esos vegetales llenos de caroteno se van pudriendo a medida que nos adaptamos a la realidad, especialmente si nuestras pretensiones son muy altas. Poco a poco la comodidad y la seguridad le van ganando a la aventura mientras todo lo que soñamos va alejándose de la realidad y acercándose al recuerdo.

Hay zanahorias cortas y largas (esta vez si fue el último), las cortas tienen más chances de convertirse en realidad. Tener una familia, recibirse de abogado, tener un pequeño negocio, estás son las zanahorias más fáciles de alcanzar. No es por desmerecer estos sueños pero se acercan más a lo sensato, algo que con esfuerzo y dedicación es mucho más realizable. Pero como muchas veces ni las zanahorias ni los sueños, que en este caso son lo mismo, responden a la lógica, también tenemos los otros casos. Cosas más cercanas a la fantasía que a la realidad, donde algunos como yo caemos en las trampas que nos ponen las decepciones.

Sueños como convertirse en el guitarrista de una banda famosa, crear un invento que revolucione al mundo o ser famoso sin ningún talento aparente son los engaños más frecuentes en los que caemos de chicos y los que pronto abandonamos. Pero también sucede que hay algunos, entre los que me sigo incluyendo, que tratamos de darle forma a eso y alcanzar ese sueño para convertirlo finalmente en realidad.

Les voy a decir algo que parece una locura y soy conciente de que les estoy escribiendo desde un blog intrascendente a una audiencia conformada posiblemente sólo por mi vieja a la que eventualmente se le sumará algún que otro trasnochado pero me siento completo de haber encontrado un lugar para expresarme. Se que suena a fracasado pero en algún punto me llena. Mi zanahoria o parte de ella era y es poder expresarme y compartir mi punto de vista con la gente que quiera escucharlo y debatirlo. Y de alguna manera con esto lo logro. No les voy a mentir, me encantaría poder vivir solamente de escribir, cosa que en algún momento logré con resultados poco satisfactorios, pero en algún punto esto me completa y me da ganas de seguir buscando esa zanahoria que todavía no encontré pero que al menos, volviendo a la metáfora del burro, aprendí que nunca voy a alcanzar solamente tirando para adelante, que el camino para encontrarla está en no seguir las rutas convencionales y buscar por otros lados. Quizás nunca llegue, pero lo bueno que tiene no seguir la ruta marcada es que nunca sabes adonde podés llegar.

Así que mis amigos y amigas, mi pequeño consejo es que no olviden esa zanahoria, esa que es la suya y no la que les venden desde el marketing que los lleva a caminos interminables que nunca nos terminan beneficiando, porque siempre tienen que recordar ese palo a la que está sujeta siempre tiene gente dispuesta a sostenerlo (este no fue intencional). Porque al final de todo, es tan simple y tan complicado como tratar de detenerse a pensar que otra forma hay de llegar a la zanahoria, porque si seguimos yendo ciegamente hacia delante nunca la vamos a alcanzar.