viernes, 4 de enero de 2008

No hay problema

Hoy, como buen masoquista que soy, estaba pensando en la cantidad de problemas que aquejan mi vida, pero me aparte un poquito de eso en un momento y me puse a rememorar el pasado. Claro, uno siempre recuerda el pasado como algo idílico donde todo andaba mejor y que, nadie sabe como, se convirtió en este pequeño infierno en el que estamos ahora. Pero si nos esforzamos un poquito más en esa memoria destrozada por el alcohol y la falta de sueño, nos vamos a dar cuenta que también uno tenia problemas en esas épocas.


Y esto me llevo a una reflexión, ¿alguien tuvo alguna vez una época de su vida donde no tubo problemas? Sinceramente no creo que eso haya pasado nunca. Los seres humanos estamos destinados a tener problemas en todos los momentos de nuestras vidas. Claro que va variando su complejidad, desde conseguir la teta de tu mamá para alimentarte, hasta conseguir un crédito para tener una casa porque esa novia que ibas a dejar te acaba de avisar que está embarazada (que loco, el disparador de los dos problemas en el fondo es la mismo).


Pero indefectiblemente, siempre hay por lo menos un problema en nuestra cabeza. Y esto obviamente me lleva a preguntarme simplemente, por qué. Si a los seres humanos no nos gustan los problemas, ¿por qué entre todos nuestros logros, nunca pudimos conseguir lo que realmente afectaría nuestra existencia?: librarnos de nuestros problemas. Pero pensándolo un poco, esto no pasa por falta de esfuerzo. Porque todo lo que hace el hombre, directa o indirectamente, es para librarse de los problemas (o para qué sirven los productos que vende sprayet sino).


Claro que, más allá de todos nuestros esfuerzos y de todas las formas que podamos encontrar para tener abdominales firmes, no logramos eliminar todos nuestros problemas por completo. Y yo creo que, después de todo, no es tan malo eso. ¿Por qué? preguntaran ustedes al mejor estilo de una maestra de primer grado. Bueno, esta afición nuestra por los problemas no es más que nuestra forma para entender el mundo.


Imagínense por un momento que no veamos lo que nos molesta como un problema y que sólo lo consideremos parte de nuestra vida, eso estaría muy bien para hacer yoga, pero nunca mejoraríamos. Si aceptáramos todo lo que nos pasa y nos adaptáramos a eso sin generar un cambio, nunca podríamos habernos desarrollado como sociedad y seríamos una especie de civilización estancada en el tiempo. Seriamos como cualquier animal, con sociedades perfectamente esquematizadas, pero que por los siglos de los siglos permanecen igual, sin ningún tipo de cambio ni desarrollo.


Ojo, en algún momento todos podemos haber pensado distinto, incluso yo lo hacia hasta hace poco. Pero me di cuenta que lo único que nos diferencia de los animales es nuestra gran incapacidad de adaptarnos a nuestro medio. No somos capaces de sobrevivir en la naturaleza sin transformarla. Esto puede parecer malo a simple vista, pero es lo que nos da la capacidad de discernir, la posibilidad de pensar y decidir si queremos hacer bien o hacer mal. Y sinceramente, yo prefiero poder elegir si hacer bien o mal a mi entorno, que simplemente hacer bien sin poder entender por qué.


Recordemos muchachos, que la forma mejorar es seguir intentado encontrar la perfección, y la única forma de que esto suceda es careciendo de ella.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Regalo sorpresa

Mientras luchaba con un papel berreta y una cinta scotch, que tenga la marca que tenga siempre se te pega en los dedos, reflexioné un poco sobre esta hermosa época del año. Pero no me dediqué a todo en general, sino que me llamó la atención una parte de este enorme ritual, y me surgió una pregunta al respecto: ¿por qué envolvemos los regalos? Si al homenajeado le interesa el regalo y es lo que va a usar, ¿para qué molestarse en ocultárselo? Si lo va a terminar sabiendo después de romper el papel (o como hacen algunos futuros asesinos seriales, que delicadamente lo abren y lo guardan todo dobladito). ¿Es tan macabra está tradición que por más que le estemos regalando algo a alguien queremos que esa persona sufra hasta el último minuto por la incertidumbre de ver que es?


Aun así, pensándolo un poco me di cuenta de que no era así, sino que es todo lo contrario. En realidad hasta terminé pensando que lo más lindo de esta tradición regalera es el papel en si. Porque todos apreciamos el regalo que está adentro, es lindo que alguien gaste plata en vos y todo eso. Pero, al envolver ese objeto en un papel, la persona que regala se está haciendo un regalo a él mismo que va más allá de lo material. El verdadero objetivo del regalo es que la persona que te lo da quiere ver esa cara de sorpresa que ponés al recibir lo que querías y realmente, ese es el mejor regalo que podés recibir.


Que alguien te quiera y te aprecie tanto, que compre un papel horrible y envuelva lo que querías solamente para poder ver mejor tu cara de felicidad cuando finalmente lo descubrís es el mejor regalo que cualquiera podría tener.

Muchas felicidades en estas fiestas y ojalá que a todos nos den regalos muy bien envueltos.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Que suerte

Un día cualquiera, una persona cualquiera se levanta de su cama y desayuna con los alimentos que él compró, se viste y va al empleo que consiguió con años de estudios y mucho esfuerzo. Se sube a su auto, al que sabe manejar por tomar clases y años de experiencia, y cuando está saliendo y mira por el espejito retrovisor como corresponde, ve que un niño se abalanza sobre el auto con su bicicleta. Gracias a sus rápidos reflejos y su mente avispada frena de golpe. El niño se pega un susto pero rápidamente sigue su camino, a lo que el hombre del auto dice internamente “que suerte”.


¿Existe realmente la suerte? ¿O todo lo que nos pasa es producto de un esfuerzo propio o una simple casualidad? Cuando vamos al casino y ganamos decimos “que suerte”, pero en realidad es algo que podía pasar. Dentro de las probabilidades del juego está la opción de ganar, tanto como está la de perder. Entonces no es extraordinario que ganemos en el casino, es una de las chances a las que nos exponemos por jugar. Lo raro sería que ganáramos sin jugar a nada, eso si sería tener suerte.


Pero aun así hay gente que elige creer en este concepto de la suerte y no da un paso sin consultar a su astróloga o a su tarotista. Que no puede empezar su día sin leer el horóscopo, aunque resulte muy gracioso como el horóscopo siempre le habla a un hombre de negocios y a una mujer casada hace 50 años al mismo tiempo. Porque sinceramente muchas de las cabalas que usamos todos los días no tienen un gran fundamento científico. Por ejemplo, si realmente pasar por debajo de una escalera fuese de mala suerte, se imaginan la cantidad de gente que fabrica escaleras que moriría, sería un empleo más riesgoso que ser piloto de pruebas o empleado público en Argentina.


Pero, más allá de todos los argumentos negativos que se pueden encontrar de la suerte y de todo lo que nos podemos reír de la gente que consulta sobre que hacer con su futuro a una persona que tiene un turbante en la cabeza y trabaja en un puestito en la plaza, la idea de esta conclusión no es defenestrar a la suerte sino todo lo contrario. A mi me parece que es una de las cosas más maravillosas que tenemos en la vida.


Claro que no me refiero explícitamente a la gran cantidad de personas que se llena los bolsillos explotando las creencias de la gente y al miedo que le tienen a lo desconocido de su futuro (aclaración: me refiero a los tarotistas, no a la iglesia católica) sino a la incertidumbre que le da la suerte a la vida. Uno sabe en algún punto que no importa cuan desastrosa o indeseable sea la vida, cuantos males lo agobien, cuantas penurias tenga que sufrir día a día para ganarse el pan. Siempre sabés que por ahí, en algún momento la suerte te puede sorprender y te puede sacar de todo eso. Ya sea presentándote a una chica, ofreciéndote un trabajo, o matando accidentalmente a tu suegra. La suerte puede darle un giro a tu vida que nunca te habrías imaginado.


Quizás no llegue nunca, pero por lo menos la ínfima posibilidad de que eso pueda llegar a suceder es lo que muchas veces nos hace seguir en situaciones totalmente desesperantes. ¿Qué se yo?, me parece que cualquier cosa que nos ayude a ver una luz al final del túnel no puede ser tan mala. Más allá de que muchas veces parezca estúpido, inútil o totalmente incoherente. ¿Qué no es así en la vida, no?

martes, 13 de noviembre de 2007

¿De qué te quejás?

El otro día estaba en un boliche y mientras luchaba para hacerme lugar entre el mar de gente que había y lograr llegar al baño me preguntaba a mi mismo: ¿yo no me quejo todos los días de lo mal que viajo en los transportes públicos? ¿No soy la misma persona que dice día a día que es una vergüenza reducirse al nivel de una sardina para llegar al trabajo? Entonces, ¿por qué en mi día libre, el día en que puedo elegir hacer lo que quiero, vengo a un boliche en el que se que voy a estar prensado como ese mismo pescado y no voy a poder moverme?


Es extraño, pero muchas veces nos quejamos de cosas que después terminamos eligiendo. Y a eso, mis queridos chichipios, es a lo que viene la conclusión de hoy “¿de que nos quejamos” Porque el quid de la cuestión en este punto no es: ¿por qué nos quejamos? Eso es bastante sencillo, nos quejamos del calor, de la humedad, de la torpeza, de la haraganería, hay millones de motivos por los cuales quejarse, más en este país.


Pero lo que realmente lleva un análisis es el “de que”. Porque hay un motivo detrás de la queja que no es el obvio sino que va más allá. Con los argentinos es más evidente pero pasa en todos lados. Nosotros podemos quejarnos de que la televisión argentina es una basura, pero no nos quejamos de las malas decisiones políticas que afectan todos los aspectos de nuestra vida. Podemos llenarnos la boca hablando de un técnico de futbol, pero vivimos en una sociedad caníbal, donde no hay reglas y cada uno se las arregla como puede agachando la cabeza y sin abrir la boca. ¿Por qué nos quejamos de ciertas cosas y de otras no?


¿Cual es el patrón? Realmente que podemos quejarnos de los temas más diversos. Desde el precio de las verduras hasta la falta de contenido en un programa de televisión. Es innumerable la cantidad de razones por las cuales caemos en la queja, pero hay algo que nuclea a todas y cada una de ellas. Los medios masivos siempre están relacionados con la queja. Hace falta sólo ver un noticiero dos minutos para enganchar a una vecina de edad, cuyo nombre técnico es: “vieja rompebolas que no tiene nada mejor que hacer”. Que según dice está indignadísima por los robos, la falta de recolección de basura o que está harta de escuchar a Soda Stereo porque vive cerca de la cancha de river.


No es muy difícil pensar en la televisión como un faro quejador que guía las innumerables quejas de nuestras quejosas vidas. Nunca se cansan de mostrar cosas que están mal machacándolas sin descanso en nuestras retinas hasta que las calles arden en insultos. Ojo, no digo que esté mal quejarse de los infinitos baches o de que el sodero no pase a horario, pero se me ocurre tal vez que si enfocamos toda nuestra energía quejadora en eso, quizás no nos quede tanta para quejarnos de los problemas verdaderamente importantes y simplemente terminemos agachando la cabeza y aceptándolos.


Pensémoslo un momento (ya se que pido mucho pero un poquito de voluntad), ¿nunca escucharon un argumento de queja muy similar al que se da en los medios? ¿Por qué usamos la palabra indignación para quejarnos de que las baldosas de la vereda están flojas? ¿No nos están sacando una palabra fuerte para cuando realmente la tengamos que usar? ¿Qué sentimiento vamos a tener cuando pase algo realmente importante? Como por ejemplo: que llueva y tengamos las baldosas flojas en la vereda.


Da la sensación que engrandecer estos pequeños problemas, nos hace ir pasando de uno en otro y nos ayuda a no darnos cuenta del verdadero problema que engloba a todos ellos. Porque si nuestros verdaderos problemas se resolvieran con asfalto, no sentiríamos tantos baches en nuestro camino a convertirnos en una sociedad adulta.

lunes, 29 de octubre de 2007

Soluciones mágicas a problemas reales

¿Nunca vieron esos programas de venta por televisión?, que tienen productos como una crema mágica para sacarte las arrugas o una escalera multiusos que hasta se puede convertir en una mesita de café. O no me digan que no conocen esas famosas pastillas tomándolas eliminan toda la grasa de tu cuerpo, eso si que es realmente increíble.


Bueno, justamente de eso va a tratar la conclusión del día de hoy. Obviamente no de esos productos importados que están al borde de la ilegalidad por violar derechos del consumidor. Sino de esa esperanza, a veces desmedida, que tenemos. De esas soluciones mágicas que se aplican a los grandes problemas para después transformarse en grandes decepciones.


Realmente no me pueden decir que nunca creyeron en una solución mágica que los iba a sacar de situaciones complicadas, a todos nos pasa. O no se acuerdan cuando en el colegio les iban a entregar la nota de un examen en el que sabían que les había ido mal pero se aferraban a la tonta esperanza de que por alguna razón de la existencia todos los conocimientos de la humanidad cambien en ese instante y se adapten exactamente a lo que habían puesto en el parcial. Años después pasamos a una edad más adulta cuando nos imaginábamos que sin siquiera hacer nada al respecto íbamos a tener esa vida ideal con la que siempre soñamos. Ni hablar del ya clásico ejemplo con las mujeres de este blog, que esta vez se puede aplicar a todas las edades de nuestra vida, y sucede cuando nuestra mente ilusas creé que la muchacha de nuestros sueños se va a acercar a nosotros y pedirnos que por favor pasemos la noche con ella simplemente porque la sedujo nuestra mirada perdida en sus pechos y la baba que cuelga de nuestras bocas.


Realmente a lo largo de nuestras vidas es inevitable ilusionarse alguna vez con una solución mágica a un problema que de otra manera tendríamos que solucionar con mucho esfuerzo y dedicación, pero más allá de seguir dando ejemplos de esto (que los hay y muchos) me quería dedicar a desentrañar el por qué de esto. ¿Por qué creemos en cosas mágicas que ni por puta van a suceder para solucionar nuestros problemas antes que pensar una verdadera solución? ¿Por qué nos empeñamos en aferrarnos a falsas ilusiones antes que buscarle una vuelta posible a lo que nos pasa? Y acá viene la parte donde doy una conclusión obvia y muchas veces bastante cursi de un asunto que a la mayoría de ustedes le puede parecer realmente irrelevante, pero que sería de esta página si no lo hago, ¿no?


Me imagino que, a medida que fueron leyendo esto, ya todos sacaron alguna conclusión al respecto: “todos creemos lo que queremos creer”. Pero hay mucho más que eso en esta actitud. Si, es verdad, todos compramos cualquier cosa que nos diga que nos puede solucionar la vida sin que hagamos nada, pero por qué pasa esto. No es simplemente nuestra vagancia lo que se aplica acá, hay un dejo de esperanza en todo esto también.


Desde que somos chicos hasta que crecemos la vida tiene una forma de eliminar todo lo mágico, todo lo que no tiene explicación, todo lo que puede ser bueno y perfecto sin razón alguna. Año tras año vamos perdiendo esa inocencia inicial y vamos ganando cierto descreimiento a todo lo que nos ayuda desinteresadamente. Pero más allá de cómo nos pegue la vida y sin importar el nivel de resentimiento que tengamos con ella, siempre queda latente en nuestra cabecita, que más tarde o más temprano hace clic con las cosas más insólitas y se arriesga a creer en algo irracional, aunque sea por una vez más.


Sinceramente, más allá de todo creo que esto esta bueno De vez en cuando tener esperanzas en algo ilógico, irracional y que no tiene nada que ver con la realidad de todos los días le dan un poco de sal a la vida. Ojo, tampoco estoy diciendo que vuelvan a creer en los reyes magos, simplemente que la vida no es sólo lo que podemos explicar, hay más que eso y está bueno jugarse y creer en algo de vez en cuando. Claro que ojo, de vez en cuando pónganle un poco de racionalidad a sus creencias, o van a terminar comprando una milagrosa barredora de alfombras cuando toda su casa tiene pisos de cerámica.

lunes, 1 de octubre de 2007

Caminos

Es loco como podemos pasar de querer ser pilotos de prueba a oficinistas mediocres. O de ser superhéroes a ser simples empleados, pero pasa. La vida nos va cambiando y nos va a haciendo más predecibles, más inseguros y más cagones con el paso de los años. Ahora, los sueños no tienen un cambio abrupto de cosas totalmente desquiciadas como ser presidente a algo totalmente desestimulante y aburrido como ser el felpudo de un jefe idota, los sueños van mutando y se van transformando como nosotros lo hacemos.

Generalmente cuando somos chicos estamos muy pendientes de cosas fantásticas y sobrenaturales que poco tienen que ver con la vida real, como superhéroes, temerarios o policías honestos. Por lo que es lógico que de grandes queramos ser cosas así. O sea, ¿qué otro ejemplo de vida adulta tenemos, nuestros padres? No hay duda que es mejor seguir el ejemplo de un tipo enmascarado, vestido en mayas que va saltando por la ciudad que de ellos.

A medida que crecemos nuestros sueños también crecen con nosotros. Se van haciendo más lógicos y elaborados, pero no por eso dejan de ser fantasiosos. Muchos de nosotros queremos ser actores, o directores, quizás las chicas sueñan con ser bailarinas o actrices. Algunos más rebeldes quieren armar una banda y sueñan con el estrellato inmediato, las fanáticas y las inmensas mansiones que vienen en el paquete con todo eso. Pero quizás esta etapa es más interesante, porque aparte de que nuestros sueños son más realizables, hay también un intento por realizarlos. Algunos más u otros menos, pero todos intentamos en algún momento hacer realidad ese sueño, ya sea actuando frente a un espejo, o cantando en la ducha o bailando en el living. ¿Quién no formó una bandita con los amigos cuando era adolescente? Esa banda que le hicieron escuchar a todo el mundo, convencidos de que era la mejor banda de la historia. Aunque cualquiera que tuviera dos oídos más o menos funcionando se daba cuenta de que eran un desastre. Pero el sueño estaba ahí, lo podíamos ver y tocar. Claro que no estaban los contratos millonarios y las únicas fanáticas incondicionales eran las viejas de cada uno. Pero el sueño se había hecho realidad, estaban haciendo lo que realmente les gustaba, habían conseguido lo que querían.


Ese momento parece perfecto y todos creen que así va a ser el resto de su vida. Pero la vida cambia y nosotros con ella. Y ahí es cuando llegan los asesinos de sueños o como a la gente común le gusta llamarlas, llegan las responsabilidades. Generalmente estos monstruos horrendos se van metiendo despacito en tu vida, más o menos cuando tenes 19 años se van haciendo notar. Ya la secundaria termino y estudies o trabajes ya sos parte del mundo real que es el reino mágico donde habitan estas criaturas. Pero lo mortífero de estas monstruos es que no te muestran su verdadera forma al principio, se transforman en cosas bonitas y caras que tenés que comprarte. Ahí es cuando nace el problema, uno necesita plata que los padres ya no quieren darte y tiene que caer en el horroroso mundo de los empleos temporales.


Que, poniendose a pensar un poco, no es tan malo. Si ya se, son trabajos totalmente demigrantes y seguramente son el tipo de empleos para los que, en las películas futuristas, usan siempre a los robots. Pero más alla de eso son una buena forma de empezar a conocer el mundo verdadero y a ganar un par de mangos en el medio. El problema, o por lo menos eso creo yo, no reside en este punto, después de esta etapa de gastarse el sueldo de un mes en una noche o de ir a trabajar sin dormir, poco a poco y casi sin darnos cuenta comienza una etapa donde ya vemos al trabajo de otra manera. Ya tenemos más responsabilidades, es más difícil irse, ya todo no es tan temporal como creíamos.

Quizás eso no sea tan malo, pero sinceramente creo que este es el punto donde tenemos que tomar una decisión, seguimos por este camino quizás algo más cómodo y seguro o nos arriesgamos a conseguir lo que soñamos. No creo que esto lo tengas que decidir una sola vez en la vida, pero a medida que el tiempo pasa las posibilidades de decidir se van acortando y las responsabilidades se van sumando.


Ojo, que no se malentienda. No estoy queriendo decirles que una de las decisiones es mala y que si la toman son unos cerdos conformistas, o que si toman la otra son unos hipies colgados que viven en un mundo de fantasías. Simplemente digo que sea cual sea la decisión que tomen, tómenla ustedes. Porque sino la vida los va a tomar de la mano y se va a encargar de llevarlos por un camino. Y seria muy triste que muchos años después miren atrás con nostalgia y muy adentro suyo se pregunten que hubiese pasado si en vez de dejarme llevar decidían por si mismos y tomaban el otro.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Y bue

Podemos echarles la culpa a los políticos, al calentamiento global, a la alineación de los planetas o a bailando por un sueño, pero si analizamos un poquito, en realidad los verdaderos culpables de esta sociedad destruida. Y gran parte del por qué de esta afirmación es nuestra terrible adicción a la comodidad. Incluso lo que decía antes, de echarle la culpa a alguien más, es cómodo y conveniente. Siempre buscamos un culpable porque es más fácil que asumir la culpa.


Es muy probable que las frases “y bue” y el “dejalo así” sean las piedras fundamentales de nuestra sociedad en estos días. La falta de ganas de hacer las cosas y el conformismo pueden llegar a ser probablemente la causa de muchos de nuestros problemas de hoy. Hasta me puedo dar el lujo de no dar ejemplos esta vez, pero sería seguir con esta cadena de falta de ganas de hacer las cosas.


Seamos sinceros muchachos, ¿quién no estubo con alguien alguna vez sólo por el hecho de estar con alguien? (otra vez un ejemplo con minas), ¿o quién no se puso a buscar otro trabajo aunque el suyo actual era detestable, simplemente porque no tenia ganas de hacer dos clicks con el mouse? Y estos son ejemplos que nos afectan a nosotros, imaginense cuando alguien tiene que hacer algo para los demás, un empleado público, la persona que te atiende en el banco, el policia que tiene que cuidar a la gente y por supuesto el ejemplo obvio de los políticos. Imaginen que poco hacemos por los demás si nos da fiaca hacer algo por nosotros mismos. Por más vuelta que le demos no tenemos otra explicación, vivimos en una sociedad de mierda, porque nosotros hacemos que esa sociedad sea una mierda.


Igual esta página, más alla de que a veces lo haga, no esta para levantar un dedo acusador ante nadie, pero el tema es que la situación no queda así. Porque no esta mal tirarse a chanta una vez simplemente por el hecho de estar cómodo donde uno esta, pero el problema es cuando toda tu vida es una interminable busqueda de comodidad y falta de ideas nuevas, eso si es lo que hace al mundo un lugar tan horrible (bueno, quizás no sólo esto, pero este tema aporta bastante). La falta de ganas y de espectativa por lo que vendrá hace que seamos gente desganada y que siempre tenga ganas de hacer menos de lo que hace.


Pero volviendo al punto de nuestras propias vidas, que sin duda es el disparador de todo lo que viene después. ¿Cuál es el punto de vivir una vida que no queremos vivir, por más cómoda que sea? Y aca está el verdadero kit de esta cuestión. Realmente no queremos movernos para buscar una vida mejor, o tenemos miedo de que si lo hacemos no podamos llegar a conseguirla. No nos engañemos muchachos, todos tenemos miedo cuando de alcanzar nuestros sueños se trata, no es novedad y no serían sueños tan valiosos si fuese de otra manera. Si son realmente nuestras expectativas y nuestras añoranzas, es lógico que tengamos miedo de no alcanzarlas. Pero no podemos vivir otra vida porque tenemos miedo de intentar conseguir lo que queremos y fallar. Va, en realidad, si podemos hacer esto. Incluso hay infinidad de gente que lo hace todos los días, que vive una vida vacía, que lo va llevando lentamente a sepultar todas sus aspiraciones y convertirse en una especie de bolsa de plástico llevada por la corriente, sin rumbo y sin esperanza.


Realmente no pretendo sermonear a nadie con esto, simplemente (como en la mayoría de las conclusiones) llamar la atención sobre un tema que, como pasa en mi caso, seguramente está en sus cabezas dando vueltas y quizás, ver la mirada de otro sobre él ayude a empezar a resolverlo o, por lo menos, a empezar a tomar cartas en el asunto y empezar de a poquito a luchar contra la corriente con la esperanza, quizás no tan remota, de ver alguna vez la costa.